DOS PALOMAS BLANCAS

DOS PALOMAS BLANCAS

Por  Anxo do Rego

 

palomas-blancasAmbos padres guardaron silencio. Un silencio denso que obligó al doctor a preguntarles si habían entendido sus palabras. La madre no pudo responder, su dolor era tan intenso que las órdenes recibidas del cerebro para hacerlo, fueron imposibles de cumplir. Continuó llorando. El padre sin embargo, sí pudo hacerlo. El suyo era mayor aún, se sentía culpable. Fue quien accedió a comprar a su hijo una tabla de snowboard, e insistió en que aprendiera a deslizarse por las laderas de Sierra Nevada.

—Hemos entendido sus explicaciones doctor. Disculpe a mi esposa. Luis, nuestro hijo, vino tarde a nuestras vidas, y fue nuestra única razón de vivir.

—Lo siento. No pudimos hacer nada más por él ¿Son ustedes religiosos?

—No.

—Pues deberían. A veces rezar y enviar a Dios nuestro dolor, alcanza respuestas que sirven de consuelo.

—No es el momento para hablar de eso ¿no cree doctor? Le agradecemos sus esfuerzos para intentar sanar a nuestro hijo, pero de eso a recomendarnos rezar, va un abismo. Si cree en Dios, mejor para usted. Respeto su creencia pero le pido haga usted lo mismo con las nuestras. Sobrellevaremos como podamos esta desgracia. ¡Vámonos, Luisa! aquí nada más podemos hacer por nuestro hijo.

El doctor asintió con la cabeza y regresó a su despacho. Luis hijo, aunque vivo, continuó rodeado de cables, sondas y equipos de control, en la UVI. Ambos padres volvieron a la planta, le observaron por unos minutos y regresaron a su hogar.

Durante dos meses le visitaron en el hospital hasta que salvado del peligro de morir, se encontraron con una dura realidad, jamás volvería a caminar, ni siquiera a sentarse con su propio esfuerzo. Su joven cuerpo solo podía mover los brazos, el resto, carente de sensibilidad permanecería estático. Solo con la ayuda de sus padres podría valerse para realizar las mínimas necesidades, ahora paralizadas.

Luis hijo, de dieciséis años, siempre fue una persona jovial, alegre, estudioso y capaz. Jamás provocó envidias, ni iras en los demás. Ahora los amigos tendrían que ir a verle a su casa, aunque nunca más volvería a disfrutar con ellos como antes, su futuro se había roto en mil pedazos.

Durante el primer año de su vida tras el accidente, ocurrió lo que nunca apetece comprobar. Los amigos no son como parecen. Dejaron de visitarle. Comenzaron a ir cada día, luego espaciaron las visitas, hasta que un buen día no volvieron a ir. Únicamente una persona continuó visitándole. Amalia, una compañera del instituto, con cierta incapacidad física mantuvo la amistad con Luis.

Sus padres pese a no recibir asignación o ayuda alguna del Estado, por la incapacidad de Luis, debido a las alegadas reducciones presupuestarias, hicieron como cada padre, todo aquello que deben para facilitar a su hijo una vida digna, aunque austera y carente de algunas necesidades.

Él, pese a su situación, se mantuvo alegre y jovial. Tal vez con sus palabras y constantes bromas, permitía a su madre seguir viviendo y con suerte, eliminar la tristeza que la dominaba constantemente. Consintieron en preparar una habitación para permitirle ver desde la cama, las cumbres de Sierra Nevada. Al principio se negaron, el hecho de ver el lugar donde tuvo el accidente y jamás volvería a pisar les echó atrás la idea, pero Luis se forzó lo suficiente para conseguirlo.

Por fin y sin necesidad de levantarse de la cama, sin que nadie le posara sobre una silla de ruedas, podía ver el horizonte y en él, no solo Sierra Nevada, también las nubes, el sol y sobre todo pájaros. Pájaros libres, volando, moviéndose de un lado a otro, posándose en la rama de un árbol. Acudiendo al nido que hiciera con su pareja llevando en sus picos, ramas, hojas y demás para conformarlo, donde nacieran sus crías.

Durante meses, día tras día, Amalia pasaba horas junto a Luis. Pertenecer al mismo curso en el instituto le permitió continuar con sus estudios, sin necesidad de acudir. Ella fue facilitándole apuntes que él corregía, aumentaba o disminuía. Juntos aprobaron el curso, pues consiguió que un equipo de profesores visitara a Luis y lo examinaran.

Sus padres consiguieron sobreponerse. Agradecían gustosos el bien que Amalia proporcionaba a Luis.

Cada día al acabar la jornada de estudio, ambos jóvenes se tomaban de la mano, se miraban a los ojos y soñaban. Miraban el horizonte y tras unos minutos, ver como dos palomas blancas se posaban en la ventana.

—Algún día volaremos como ellas —repetía Amalia cuantas veces sucedía.

—Algún día volaremos, no lo dudes —contestaba una y otra vez Luis.

Al acabar la frase, un intenso resplandor azul inundaba la habitación.

El tiempo pasó y sus corazones cada día parecían estar más unidos. Las caricias prodigadas por uno y otro, terminaban minutos antes de que la madre de Luis apareciera con la cena. Algunas noches ambos lo hacían juntos, otras Amalia, no sin el oportuno sinsabor, se despedía de Luis para regresar a su casa, junto a su hermano mayor, único miembro de la familia que no viajó en el coche aquel nefasto día del accidente. Era el momento de mirar con ternura a Luis y mientras le besaba en la mejilla, decía tenuemente, algún día volaremos como ellas y él con el mismo tono contestaba, algún día volaremos, no lo dudes. Sonreían cómplices. Luis estiraba su brazo izquierdo y enlazaba sus dedos con los de Amalia. El brazo de ella se iba retirando, y poco a poco el enlace iba desapareciendo con añoranza para esperar ansiosos el siguiente día.

El día en que Amalia dijo a Luis debía ingresar en la universidad para cursar estudios superiores, ninguno quiso admitirlo. Fundieron sus manos, se miraron a los ojos y se besaron como nunca antes lo habían hecho. Durante unos minutos el silencio fue el único dueño de la habitación con vistas a Sierra Nevada. Después.

—No quiero abandonarte Luis.

—Yo tampoco deseo que te marches. Eres mi paloma, mi vida, mi luz, mi esencia.

—¿Que podemos hacer?

—No te preocupes, lo tengo todo preparado.

—¿Cómo?

—Hace tiempo que he preguntado y nos lo han concedido. Imaginaba que tarde o temprano ocurriría algo que intentara separarnos.

—No comprendo.

—¿Recuerdas el resplandor azul? Pues han aceptado nuestra petición. Ya verás, solo tenemos que elegir el día.

—¿Para qué, Luis?

—Para ser libres. Tú no volverás a necesitar las prótesis de tus piernas para caminar, ni yo a alguien que me incorpore para realizar lo más necesario. Seremos completamente libres. Siempre estaremos juntos  ¿Me seguirás?

—Naturalmente.

—Entonces elijamos el día.

—Luego.

—No podemos despedirnos personalmente, ellos nos lo impedirían.

—Lo sé. ¿Entonces?

—Escribiremos unas notas.

—De acuerdo.

El día elegido fue el mismo en que los padres de Luis tuvieron que visitar a un familiar lejano.

—Amalia ¿Te importará llevarle a Luis el almuerzo?

—En absoluto. No se preocupen, yo me ocuparé de él.

—Gracias.

Ambos jóvenes quedaron solos en la casa. En el momento elegido, tomaron lápiz y papel y pusieron en ellos su despedida. En ambas notas firmaron Amalia y Luis.

Cuando los padres de Luis entraron en la habitación ocupada por Luis, no le encontraron, tampoco a Amalia. La ventana estaba abierta de par en par. La cama impecablemente hecha y sobre ella, dos notas escritas junto a un sobre, sujetas con dos pequeñas figuras de palomas blancas.

En las notas dirigidas a los padres de Luis, se explicaba con detalle, la decisión que ambos jóvenes habían tomado. La leyeron, y tal y como pedían, llamaron al hermano para que estuviera presente cuando abrieran y leyeran el contenido del sobre.

Transcurrida una hora, el hermano de Amalia llamaba a la puerta. Primero le dieron la nota que su hermana le dirigía. Más tarde los tres pasaron a la habitación de Luis y abrieron el sobre. Otra nota lo ocupaba. La madre se encargó de leerla.

Queridos padres y hermano: 

No tengáis pena por nuestra desaparición. Nos vamos a ocupar el espacio que nos tienen reservado ellos en otro mundo. Un mundo sin prótesis para las piernas de Amalia. Un mundo donde no necesitaré de vosotros para asearme, vestirme y alimentarme. Ahora ella y yo, Amalia y Luis somos unos seres libres, podremos desplazarnos donde nos apetezca, sin miedo a nada ni nadie, donde nuestro futuro lo diseñemos nosotros, y nadie directa o indirectamente nos ponga cortapisas o impedimentos. 

Lo sentimos por vosotros, pero no os aflijáis, estaremos junto a vosotros tantas veces como nos lo pida vuestro corazón. Os solicitamos que no derraméis una sola lágrima. Todo ha sido muy sencillo, solo tuvimos que pedirlo con fuerza al resplandor azul y nuestro deseo se convirtió en realidad. 

Cada vez que veáis volar juntas dos palomas blancas no dejéis de mirarlas, hablarlas y acariciarlas, no os extrañéis si sus picos se acercan a vuestras manos. Saber que somos nosotros. Os prometemos estar siempre  juntos, el resplandor azul nos lo prometió y ayudó a ser lo que ahora somos. Volaremos desde donde estemos para posarnos en la ventana que nos dio la vida, donde vimos el horizonte que necesitábamos, el lugar donde viviremos felices. Con la misma felicidad que deseamos para nuestros hermano y padres. 

Con todo nuestro cariño Amalia y Luis. 

Los tres adultos se miraron. Una mezcla de tristeza y nostalgia les invadió de inmediato. Desearon con suma fuerza volver a ver a aquellos dos jóvenes, sin embargo solo vieron dos palomas blancas posarse en el poyato de la ventana.

© Anxo do Rego. 

Todos los derechos reservados.

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EL OLOR DE LA MUERTE

EL OLOR DE LA MUERTE.

Por Anxo do Rego.

 

El olor de la muerte_imagenSalvador siempre fue un hombre tranquilo, nada le alteraba. Su escala de valores no era muy amplia, disponía de solo cinco escalones para alcanzar la cúspide. Tal vez por eso fue elegido para formar parte del tándem empresarial presidido por su amigo de la infancia, Sebastián Orozco.

¡Qué tiempos aquellos! repetían y rememoraban ambos en numerosas ocasiones. Paco, Jesus, él y Sebastián, eran —como decía la madre de Paco, las cuatro patas de un banco— unos inventores de pacotilla. Sus vidas se separaron cuando llegó la edad de las decisiones. Sin embargo durante un tiempo mantuvieron contacto. Incluso se reunían esporádicamente para almorzar y recordar juntos las andanzas de la época más feliz de sus vidas, según decían.

Cada cual tomó un sendero diferente. A Paco le sedujo la idea de montar junto a su familia, la fabricación y distribución de aperitivos. Jesus, de ascendencia gallega, no pudo negarse a volver a su tierra y volcarse en la ganadería y actividades subsidiarias. Sebastián anduvo viajando por los países de habla inglesa, siempre dijo de ellos que su concepto filosófico, a la hora de afrontar el futuro, era superior al señalado por el resto de ciudadanos, fundamentalmente mediterráneos, influenciados por trasnochados conceptos religiosos cristianos. Tras conocer las esencias empresariales, apostó por el futuro. Su diletante amor por el trabajo y la innovación, le hicieron acreedor al éxito. Lo alcanzó, como así proclamaron las revistas especializadas, a la edad de 28 años, y sobre todo en Forbes ocupando un meritorio tercer lugar en el mundo. Un conglomerado de diversas empresas, cuya matriz residía en Villarreal, una pequeña población cercana a la frontera con Portugal.

Salvador no supo, o no pudo, abrir la ventana del éxito. Deambuló durante muchos años. Cambió tantas veces de trabajo, que apenas recordaba en que se había especializado. Eso sí, su constante y meritorio esfuerzo por alcanzar posición social y económica jamás le abandonó. Se mantuvo célibe como Sebastián.

La mañana en que Salvador y Sebastián volvieron a encontrarse, ambos habían decidido cruzar el Tajo en uno de los numerosos ferries que parten de la estación Cais do Sobre de Lisboa, hacia Cacilhas. Salvador se encaminó hacia proa y Sebastián lo hizo a popa. La travesía apenas dura doce minutos. Durante el viaje, ambos dirigieron sus miradas, sin saberlo, hacia el mismo punto, el colosal puente del 25 de Abril que se mostraba por estribor.

Al bajar.

—¡Salvador! ¡Salvador! —gritó repetidas veces Sebastián al verlo mezclarse entre la gente.

Escuchó su nombre, pero no recordaba haber dicho a nadie que pasaría el fin de semana en Lisboa.

—¡Salvador! —volvió a oír. Ahora la voz parecía más cercana y decidida.

Una mano se posó sobre su hombro izquierdo al tiempo que repetía su nombre. Giró la cabeza y una sonrisa forzada acompañó al nombre de su amigo de la infancia.

—Sebastián. ¿Cómo tú por aquí?

—¡Que alegría verte!

—Es cierto. Ya es coincidencia vernos tan lejos de…bueno yo de Madrid, tú no lo sé.

—Muy cerca, vivo muy cerca, relativamente.

—¿Solo?

—Sí.

—También yo.

—¿Placer o trabajo?

—Trabajo, siempre trabajo. ¿Y tú?

—Placer. En realidad diría que de huida.

—¿De qué?

—Yo que sé, de todo, de nada.

—Siempre tan raro.

—Siempre lo fui. Al menos eso es lo que decíais de mí.

—Éramos muy jóvenes.

—Cierto. Pero eso marca, ¿sabes?

—Bueno, cambiemos de tema, veo que estás, que yo recuerde como siempre, de mal humor y poco receptivo. ¿Hacia dónde vas?

—Había pensado almorzar, pasear un rato y regresar a Lisboa. Mañana vuelvo en tren a Madrid.

—Podríamos almorzar juntos.

—Podríamos. Pero acabas de mencionar que tu visita es de trabajo.

—Puedo cancelar la reunión.  Hace tiempo que no nos vemos.

—Como prefieras, pero no es preciso que la canceles. Tal vez podamos tomar café y charlar un rato.

—Insisto Salvador. Permíteme invitarte y volver a rememorar momentos felices.

—De acuerdo.

Sebastián habló por teléfono unos segundos, luego indicó a su amigo el establecimiento donde pensaban almorzar y retomaron la conversación mezclando los recuerdos con actividades actuales.

Dos tazas de café y sendas copas de Calvados abrieron el pasado.

—¿Recuerdas la tarde en que nos dirigimos los cuatro al “cartel” nada más salir del colegio?

—Claro que lo recuerdo, creo que aún tengo la cicatriz en la cabeza de la pedrada que aquel individuo me atizó.

—Fue mala suerte.

—En efecto, pero me dejasteis a su merced, vosotros tres corristeis nada más lanzar las piedras sobre el coche. Yo me quedé con vuestras carteras repletas de libros, y no pude correr por el peso, de ahí que me  alcanzara lanzándome aquella piedra.

Acostumbraban a rondar cerca de los coches que aparcaban al otro lado de un cartel anunciador de una urbanización de chalets, en una colina rodeada de antiguas y casi olvidadas trincheras de la guerra civil. Las noches de invierno eran propicias; en aquel lugar alejado del barrio, para con la pareja situarse en la parte trasera del coche. Los cuatro jóvenes atravesaban la carretera por un túnel de desagüe siguiendo ocultos en las trincheras hasta acercarse al coche. Calzaban las cuatro ruedas arrastrándose, para luego recoger del suelo algún terrón de tierra seca y al unísono, tirarlos sobre el techo. Los ocupantes asustados intentaban salir, pero encontraban las ruedas con topes que patinaban y sacaban humo al acelerar. Mientras los cuatro insistían una y otra vez en lanzar al coche algún que otro canto o terrón.

—Dejemos aquellos recuerdos Sebastián, algunos, la mayoría, no son buenos para mí.

—Pero hombre lo pasábamos muy bien los cuatro.

—Bien hasta que me ocurría algo.

—La verdad, eras el más torpe de todos.

—Es cierto y desde luego no me lo poníais fácil.

—Lo cierto es que siempre nos disculpábamos. ¿Recuerdas?

—En efecto, decíais aquello de “hoy por ti, mañana por nosotros”

—Éramos unos críos, no lo olvides.

—No lo olvido, jamás lo hice.

La charla se amplió hasta las siete de la tarde, antes de volver a tomar el ferrie, Sebastián, tras conocer la situación laboral de Salvador, le hizo una propuesta.

—Me gustaría ofrecerte un puesto de importancia en mi corporación empresarial. Estoy en una situación incómoda y necesito a una persona de toda mi confianza. Tendrías eso sí, que vivir cerca de las oficinas centrales.

—¿A qué viene esta petición?

—Somos amigos. Tengo confianza en ti, lo demostraste siempre, soportándonos, sin enfadarte, ayudándonos.

—¿Solo por eso?

—No. Imagino que estás preparado, me has contado tu periplo laboral, conoces una amplia serie de actividades. Eres el hombre idóneo para delegar en ti.

—¿Estás seguro?

—Completamente. Además, pese a que ya no soy joven, quiero formar una familia, alejarme de mis ocupaciones empresariales.

—Bien, hablemos.

Tres años después…

—Salvador, le paso una llamada del Sr. Orozco.

—Gracias. Dime Sebastián ¿Qué sucede?

—Necesito tu presencia en el despacho del Abogado Sr. Farnesio para exponer unos detalles y preparar una documentación.

—¿Puedo saber de qué se trata?

—Si no te importa, lo comentamos media hora  antes de la reunión.

—Claro. Hasta luego.

A las once treinta Sebastián abre la puerta de la sala donde permanece sentado Salvador.

—¿Que ocurre Sebastián?

—Hace una semana estuve con el Oncólogo.

—¿Y?

—Me ha diagnosticado un cáncer que evoluciona muy rápidamente. Eres la única persona que conoce esta situación, aún no se lo he dicho a Lidia, y la niña es muy pequeña para entenderlo. Por otro lado tampoco pienso decírselo. Creo que es muy poco el tiempo que me queda de vida, y debo dejar todo controlado.

—No lo entiendo. ¿Cómo ha sido esa evolución?

—Llevo dos meses de pruebas y más pruebas. Las más avanzadas. Hace unos años se puso en práctica un método para detectar el cáncer por el olor y el resultado así lo ha confirmado.

—Creo que leí hace tiempo algo de eso, pero desconozco el tema, no es algo que me preocupara. ¿Es definitivo?

—No hay duda alguna. Al parecer las células tumorales desprenden un olor particular. El laboratorio biotecnológico que lo descubrió logra identificarlos por eso olor característico. El protocolo establecido mide el grado de detección de un olor al que alcanzan las proteínas olfativas reproducidas en laboratorio, en ensayos clínicos con muestras de orina, fluido a través del cual se puede detectar si una persona tiene cáncer y de qué tipo.

—¿No habrá alguna posibilidad de error?

—Según me dijo el doctor, no, el resultado es seguro e inapelable.

—¡Joder Sebastián! vaya noticia.

—Ante esta situación, debo pedirte un gran favor.

—Claro el que quieras, lo que necesites.

—Sabes que al casarme, Lidia y yo firmamos unas capitulaciones matrimoniales, por las que no detenta parte alguna de mi patrimonio. Dispone y así está estipulado, de una asignación mensual durante toda su vida, incluso en caso de divorcio. No así mi hija, nuestra hija Isabel. Ella es mi única heredera y necesito que tú, como amigo, te conviertas en su tutor hasta que cumpla veinticinco años y decida si se hace o no cargo de las empresas, siempre bajo tu criterio.

—Sebastián, eso está regulado por Leyes, yo no puedo convertirme en tutor suyo una vez que rebase la mayoría de edad. Por otro lado está su madre.

—Es precisamente lo que quiero evitar, que sea ella quien controle a Isabel y decida la continuidad de las empresas. Por eso te he citado aquí. Expondremos mis deseos y decidiremos lo mejor.

—Claro, lo que quieras.

El abogado, ajeno a las  actividades empresariales, estudió con su equipo, el método más idóneo vigente. Tras evaluar y considerar las exclusiones que las instituciones de guarda y protección legal del ordenamiento jurídico previstas para amparar y proteger los bienes de menores, los dos amigos firmaron los oportunos documentos legales que hicieron a Salvador titular propietario del 60% del conglomerado empresarial, con una serie de condiciones a cumplir por éste al llegar Isabel a la edad de 25 años. Este hecho llevó implícito el nombramiento de Consejero Delegado en todas y cada una de las empresas del grupo, puestos que dejó libre Sebastián, para ocuparse ante los ojos del mundo, de su esposa Lidia e hija Isabel y consumir su tiempo sabático.

Los días se consumían rápidos y la salud, no física sino espiritual de Sebastián, fue agravándose paulatinamente, sobre todo al conocer dos noticias separadas tan solo por unos días. Sus otros dos amigos de la infancia acababan de morir. Paco había sucumbido al fuego de sus instalaciones fabriles en Medina del Campo. El cuerpo fue encontrado en su despacho de la planta segunda del edificio anejo a la planta envasadora y almacenes. Jesús falleció como consecuencia de estar físicamente impedido por una enfermedad que afectó a su sistema nervioso central y le mantenía sujeto a una silla eléctrica. Fue arrollado por la estampida de las reses al provocarse un incendio en las instalaciones y acercarse a la puerta principal para observar, como tantas veces había hecho.

Ocho días después, el cuerpo de Sebastián lo encontraron en el garaje, sentado frente al volante de su coche más preciado. Los bomberos procedieron a abrir provistos de mascarillas para evitar respirar el monóxido de carbono que llenaba el espacio del vehículo y mató al señor Orozco. La policía determinó su muerte como suicidio. No encontraron pruebas de haber sido forzada o guiada por otras manos que las suyas. La fórmula para extraer los gases del tubo de escape hasta el interior del coche, tras cerrar ventanillas y puertas, y golpear el control eléctrico de ambas evitando la posible huida, así lo determinaban. Eso unido a la nota manuscrita encontrada en la mesa del despacho de su domicilio, definieron su muerte como provocada por suicidio.

Dolor, lágrimas y sepelios. Salvador parecía estar acostumbrando. Primero en Medina del Campo, para acompañar a la familia de Paco. A la semana, en Chantada acudiendo al de Jesús, arrollado por sus queridas vacas rubias gallegas. Ahora estaba en Villarreal, a muy pocos metros de la frontera fluvial del rio Guadiana que separa ambos países.

Abandonó la casa construida en una urbanización cercana a Olivenza y se dispuso a recorrer los pocos kilómetros que le separaban de las instalaciones de la matriz de S.O.C Corporación (Sebastián Orozco Caravaca). Los pocos empleados de las oficinas, acudieron como era de esperar, al sepelio que presidió el cura de la zona, reticente a celebrarlo dado el motivo de su muerte. Acabados los rituales religiosos, acompañaron el féretro hasta el cementerio.

Salvador tenía intención de retirarse en el coche y acompañar a Lidia e Isabel hasta su casa.

—Gracias Salvador, pero prefiero ir sola a casa.

—En estos momentos necesitas compañía.

—Tengo la de mi hija. Gracias.

—Iré a veros mañana. Ahora necesitáis descansar.

—Por favor Salvador, déjanos unos días solas, evita venir a casa, si no es imprescindible.

—Como quieras.

Dos semanas más tarde, Salvador es citado por el Notario para asistir a la lectura del testamento. Lidia lleva de la mano a su hija Isabel. Él conocía el contenido, la esposa de su amigo no, quien se sorprende negativamente al escuchar las condiciones impuestas por el finado, dado que la figura de fideicomiso es prácticamente inexistente en España. Ella solo recibe una única aportación dineraria que como hasta ese momento recibe en una cuenta de la Corporación con la correspondiente autorización para disponer del saldo. Además continuará recibiendo la asignación marcada desde la fecha de su matrimonio. Isabel queda a expensas del control y tutela de Salvador en lo que referente a detentar los beneficios del 40% del patrimonio de su padre.

Finalizada la sesión, Lidia sin dirigir una sola palabra a Salvador, le dedica una mirada que encierra algo más que asombro, odio. Ni siquiera se despide.

En las ocasiones en que Salvador intentó visitarla para cumplir con su cometido de pseudo tutor de Isabel, la puerta no se abrió, es más los empleados añadieron: la señora Orozco no nos permite dejarle entrar.

Recibió numerosas cartas de condolencia, fundamentalmente de directivos de las empresas con quienes la corporación tenía negocios. También recibió sendas cartas de las familias de sus amigos fallecidos, Paco y Jesús, en ambas leyó frases incomprensibles.

Han transcurrido seis meses, la vida continúa con la misma y cotidiana intensidad. Salvador cuando no está ocupado, viaja debido a su obligación empresarial. Su poder decisorio ha permitido superar el porcentaje de beneficios de los dos últimos ejercicios contables. Está contento.

Su asistente Cristina, nada más verle entrar en la planta, le anuncia la visita de un policía.

—Le dije que estaba de viaje. Si quiere puedo decirle que venga mañana. Estará cansado ¿no?

—No importa, déjelo. Gracias. Le recibiré en un par de minutos.

Más tarde.

—Con su permiso Sr. Montalvo.

—Adelante, por favor. Tome asiento y dígame en que puedo atenderle.

—Soy el inspector Andrés Delgado, pertenezco a la Unidad Territorial de Inteligencia Criminal, investigo unos hechos y necesito hacerle una serie de preguntas.

—Adelante, aunque estoy algo cansado, acabo de volver de viaje.

—Podemos dejarlo para otro momento.

—No, aunque supongo que no estaremos mucho tiempo.

—Eso dependerá de usted.

—Está bien, daré una respuesta rápida a cuanto me pregunte.

—De acuerdo Sr. Montalvo, gracias.

—Bien, cuanto antes comencemos antes acabaremos.

—Sí señor. Podría decirme donde estuvo usted estos días —le muestra una hoja de papel de una libreta, donde aparecen señaladas dos fechas.

—Ahora mismo no sabría decirle, tendría que comprobar la agenda. Soy un hombre muy ocupado. Tal vez hubiese adelantado al preguntar a mi asistente

—Preferiría escucharlas de usted.

—Entonces espere, miraré mi agenda en el ordenador.

—Déjelo para más tarde, ahora dígame si ha estado en la ciudad de Córdoba recientemente.

—Lamentablemente no, y es una ciudad preciosa.

—Cuando compruebe su agenda, por favor llámeme a este número —señala el inspector mientras le ofrece una tarjeta.

—Claro lo haré. ¿Hemos acabado?

—Por el momento, sí.

—¿Puedo saber que sucesos le traen hasta mí? ¡No!, no me diga que es un asunto de rutina. Su unidad solo puede investigar hechos criminales. ¿Soy tal vez sospechoso de algún acto criminal, para someterme a esas preguntas?

—Lamento no poder responderle Sr. Montalvo.

—Bien, lo pondré en conocimiento de nuestro departamento jurídico, así cualquier otra cuestión que se le ocurra preguntar, a partir de este momento, por favor entiéndase con ellos. Tenga, esta es la tarjeta con el número de la centralita, pregunte por el responsable jurídico y le atenderá con sumo placer.

—No debería molestarse Sr. Montalvo.

—No me he molestado, aunque si lo ha hecho su silencio y falta de concreción a mis preguntas.

—Repito, lo siento.

—Yo también, buenos días inspector. Conoce el camino para la salida, no será necesario que le acompañe.

—Adiós Sr. Montalvo.

Al salir y quedarse solo en el despacho, encendió el ordenador y recorrió la agenda. Debía dar con las fechas y comprobar la certeza de donde estuvo. La primera de ellas en Leon, durmió allí y a la mañana siguiente viajó a Madrid, para regresar a Villarreal al tercer día. El viaje lo realizó con el coche de la empresa. Existían facturas de combustible y estancia en hoteles de Leon y Madrid. Comprobó la hoja de liquidación de gastos y anotó solicitar copia de ella al departamento financiero.

La segunda fecha en Junio, reflejaba los días 13 y 14 en Silleda, asistió a la Semana Verde. Ganadería. No tuvo tiempo de estar más tiempo pese a ver a Jesus, su amigo de la infancia, propietario de una amplia ganadería en Chantada. Lo vio sentado en una silla de tracción eléctrica recorriendo las instalaciones. Sus obligaciones le impidieron estar más tiempo, aunque le habría gustado saludarle y comprobar su situación física. Viajó hasta Santiago y tomó un avión hasta el aeropuerto de Madrid, donde celebró una reunión con dos empresarios franceses en el hotel Fénix.

Viajes en avión privado de la corporación, desde el aeropuerto de Badajoz hasta el de Santiago de Compostela, desde allí a Madrid y vuelta a Badajoz. También anotó pedir copia de la liquidación y ordenes de vuelo del jet de la SOC Corporación.

Estaba tranquilo, no debía temer error alguno, todo estaba controlado, muy controlado. Ahora solo quedaba comprobar cuando estuvo en Córdoba. Aquello sería más difícil justificar, fue un viaje privado, no existía liquidación de viaje alguna. Solo algún pago con su tarjeta bancaria personal. En efecto recordó las dos noches en un hotel NH Collection Amistad, y dos almuerzos. No habría problema.

Apagó el ordenador, pidió el coche y se retiró a descansar a su casa de Olivenza.

Por la mañana condujo hasta la casa de Lidia en Villarreal antes de ir a las oficinas centrales de la corporación. Al entrar en el recinto del chalet y antes de disponerse a aparcar, vio a Lidia despedirse del inspector Delgado. Se metió en el coche y esperó a que el Peugeot-308 conducido por el policía, abandonará Villa Lidia, como hizo nombrar al recinto en honor a su esposa, su fallecido amigo Sebastián. Vio cómo se alejaba y comprobó que Lidia salía de inmediato, casi corriendo, hacia el garaje. La siguió.

—Lidia. Ocurre algo.

—¡Ah! hola Salvador. No, nada, no ocurre nada. Voy de compras a Badajoz. ¿Me acompañas?

El cambio de humor y tratamiento por parte de Lidia, parecía haber sufrido un sustancial cambio. Extraño, como se dijo de inmediato.

—Lo lamento Lidia, pero llegué ayer de viaje, y debo atender alguna cuestiones pendientes. Otro día.

—Claro. Una cosa, ¿podrías venir mañana a almorzar con nosotras?

—Si no hay problema que resolver, estaré encantado.

—Bien, entonces hasta mañana.

—Hasta mañana Lidia.

Se retiró mientras ella entraba en uno de los coches, arrancaba y salía velozmente hacia la carretera que unía el recinto con Villarreal. El hizo lo propio, aunque más lentamente, hacia las oficinas centrales de SOC.

Desde el fallecimiento de Sebastián, la relación de Lidia con él había transcurrido tensa y distante. Algo debía haber ocurrido para ese cambio tan rotundo.

Antes de atravesar la puerta de su despacho, comentó con su asistente que iba a estar trabajando en un nuevo proyecto y esperaba no ser molestado con visitas o llamadas telefónicas.

Debía comprobar ciertos extremos, ahora no podía abandonar, aunque últimamente la idea de vender ciertas propiedades y confinarse en algún lugar paradisíaco de América del Sur, rondaba su cerebro constantemente. Extrajo uno de los teléfonos depositados en la caja fuerte de su mesa. Encendió el televisor, subió el volumen y entró en el cuarto de baño. Desde allí, con el grifo del agua abierto, marcó un número.

—Luis. Necesito a tu equipo para una investigación.

—Claro. A tu disposición. Tardo unas horas en situarme donde me indiques.

—Llámame a este número cuando llegues a Badajoz. Nos vemos allí.

—De acuerdo.

Regresó a la mesa, apagó el televisor y recordó anotar el almuerzo con Lidia e Isabel al día siguiente. No quería olvidarlo.

Tres horas más tarde, se reunía con su investigador en Badajoz. Un paseo por la Alcazaba.

—Tres cosas. Necesito que hagas tres cosas.

—Claro.

—La primera, hacer barridos de mi casa y despacho en la corporación con carácter inmediato, mucho me temo han puesto micrófonos y cámaras. Segunda, quiero un seguimiento constante de esta mujer. Toma la foto, es ella con la hija. Necesito saber cada uno de los pasos que dé, con quien se reúne y habla, donde va, en fin ya sabes, absolutamente todo.

—¿Y la tercera?

—Quiero conocer que se trae entre manos el inspector Andrés Delgado, de la Unidad Territorial de Inteligencia Criminal. Ha tenido contactos con Lidia y a mí me hizo ayer una serie de preguntas bastante extrañas.

—Me pongo con ello ahora mismo. Suponía algo y me adelanté, vinieron conmigo algunos miembros de mi equipo.

—Bien, tenme al corriente a través de este teléfono. Es uno de los que me facilitaste. Muchas gracias.

—Como siempre. Te informaré inmediatamente de cualquier suceso. Ahora necesitaré entrar en tu casa para hacer el barrido. Para eso enviaré a Elena, te intentará vender algo, después de visitar previamente a dos de tus vecinos e intentarlo también.

—Siempre tan eficaz.

—El barrido de tu despacho y sala de reuniones, que también debería hacerse, lo verificaré personalmente. Pide ahora mismo que revisen las conexiones, la televisión no se ve bien.

—Perfecto. Regreso a mi despacho y después a mi casa.

—Gracias Salvador. Nos ponemos a trabajar de inmediato.

Todo salió como había previsto y trasladado a su investigador privado con sede en Madrid. Tras pedir que le sirvieran el almuerzo en el despacho, recibió la visita para comprobar que las conexiones de la televisión por cable estaban intactas, y el motivo de “no verse” obedecería a otra cuestión. Más tarde viajó hasta su casa a la espera de que hicieran el correspondiente barrido. Allí recogieron más de doce micrófonos debidamente escondidos y cinco cámaras distribuidas por toda la casa, exceptuando el baño. El inhibidor de frecuencias hizo su labor, y la investigadora recomendó no quitar nada, dejándolo en su lugar para evitar la desbandada y que situaran otros en su lugar. Al mismo tiempo conectó el equipo necesario para grabar sonido y video, que permitiera comprobar quien entraba o salía de la casa en su ausencia.

Se corroboraba cuanto sucedía a sus espaldas. Estaba deseoso de conocer más detalles. Se mantuvo expectante, nervioso, deseoso. El almuerzo con Lidia e Isabel en su casa, también alentó sus sospechas. Algo sucedía. La batería de preguntas y otras cuestiones a las que fue sometido durante las dos horas y media que se mantuvo en aquella casa, fue un interrogatorio en toda regla. Salió airoso.

—No debes temer nada por parte mía, Lidia. Realizo mi trabajo, solo eso, estoy aquí por deseo de quien fue tu marido y mi amigo, Sebastián. No pude negarme cuando me lo pidió, como tampoco podría negarte algo a ti o a Isabel. Mi estancia aquí acabará cuando tu hija cumpla los deseos de su padre. Mientras tanto, mi obligación es cuidar de ella, también de ti, hasta que llegue ese día y pueda cerrarse el ciclo. En ese instante y no antes, me marcharé. ¿Te queda claro Lidia? Ahora si no te importa, debo trabajar, me has retenido demasiado tiempo y desconozco la razón, cuando desde que murió Sebastián solo he sentido tu desprecio, y ahora te acercas. No lo entiendo, aunque tampoco necesito una explicación, que evidentemente no será la correcta. Por cierto ¿por qué vino a verte el inspector Andrés Delgado?. ¡No!, tampoco me respondas, supongo que me conformaré con adivinarlo.

—Espera Salvador, no te marches, necesito preguntarte algunas cosas de Sebastián.

—Otro día, ahora debo cumplir con mis obligaciones para con la corporación.

Se acercó a Isabel para besarla en la frente, luego extendió la mano a Lidia y abandonó aquella casa.

Las sospechas de Salvador solo necesitaban ser adveradas por su investigador. Después tomaría la iniciativa. Olvidó proponerle hicieran un barrido en el coche, en todos los coches que utilizaba. Avanzó un par de kilómetros y antes de entrar en el recinto de las oficinas, paró en el andén, bajó del coche con el teléfono en la mano y llamó.

—Olvidé pedir hicieras barrido en los coches.

—Lo tenía previsto. Tranquilo. Mañana acabo de recoger datos, pasado te pondré al corriente.

—De acuerdo.

Acabó la comunicación. Extrajo un segundo teléfono del bolsillo y marcó un nuevo número.

—Hola Gerard ¿cómo va mi investigadora?

—¡Ah! hola Salvador. Bien, se porta bien. Tiene mucho entusiasmo, y nada hace pensar cambiará su deseo de volver a España. Se mantiene horas y horas investigando y desarrollando cuanto le encomendamos. Por cierto, ¿te sirvió el informe y prueba que te enviamos?

—Lamentablemente no, iba destinado a quién se suicidó hace meses.

—Lo lamento amigo mío.

—Claro, gracias. Supongo que no habrá incidencia alguna, si surgieran por favor, no dejes de llamarme a este número.

—Desde luego.

—Gracias por todo Gerard.

—Gracias a ti por cuanto haces por nuestra universidad.

Supo que en efecto, el inspector Delgado, con orden judicial, había mandado colocar micrófonos y cámaras de video para vigilarle, en su domicilio, despacho, coches y avión de la corporación. Que la orden obedecía a la sospecha de tener suficientes indicios para ser inductor de la muerte de sus tres amigos Paco, Jesus y Sebastián. Sobre este último se dudaba, por ser suicidio, pero ante la insistencia de su viuda, el Juez decidió autorizar las escuchas. Señaló: podría haber suficientes indicios para considerar al vigilado autor por inducción de las muertes supuestamente accidentales.

—¿Quien propuso la investigación y cuándo?—preguntó Salvador a su investigador.

—Lidia.

—¿Qué razones o sospechas adujo?

—La inició días antes de que Sebastián muriera. Al parecer cuando supo de la muerte de Paco y Jesus, y ver el dolor que ambas noticias produjeron a su marido, ella preguntó la razón de ponerte al frente de sus empresas. También le hizo rememorar vuestra amistad desde la infancia. Escuchó vuestras aventuras, y él siempre hizo hincapié de tu generosidad para con los tres, sin enfadarte, ayudándoles en todo momento.

—Ya veo. Ahora comprendo las preguntas del inspector. Piensan que pude matarlos a los tres.

—En efecto. Pero ahí no acaba esto.

—¿Hay más?.

—Claro que sí. Esta mujer está dolida, muy dolida. Al día siguiente de leer el testamento de Sebastián, contactó con un abogado en Badajoz, quien hizo venir desde Barcelona a un representante de uno de los mejores Bufetes en la materia. Mantuvieron reuniones y planteó la revocación del testamento, para hacerse cargo de la tutela hasta la mayoría de edad de Isabel, rechazar la asignación que recibe, y vivir como una viuda desconsolada. Sin embargo tú la estorbas, no quiere verte en la Corporación. Si consigue anular el testamento y dejar sin efecto el convenio firmado con su marido, conseguirá eliminar la titularidad de tu 60% en las empresas y de esa forma dispondría de la totalidad del patrimonio, para su querida hija, como dijo y no se cansó en reiterar.

—Así pues me he convertido en chivo expiatorio. Bien, pues lo siento por ella, si quiere guerra, la tendrá, no voy a rendirme, cumpliré con la petición de mi amigo hasta las últimas consecuencias.

—Que te propones hacer, y donde se sitúa mi equipo.

—Déjame un par de días, diseñaré un plan, lo estudiaremos y pondremos en práctica de inmediato.

—Entonces me mantengo cerca.

—Claro. De momento necesito me proporciones un hombre sin escrúpulos, debo encargarle una misión muy especial.

—¿Puedo saber dónde?

—En el extranjero, concretamente en Estados Unidos.

—Conozco buena gente allí, de los que no dan problemas ni hacen preguntas, aunque eso sí, cobran bastante.

—¿De confianza, Luis?

—De completa y total confianza.

—Cuando lo tengas, proporciónale mi número de teléfono, conversaré con él. Apuntale que si le cuelgo, debe llamarme pasados diez minutos, así me dará tiempo a aislarme.

—De acuerdo. Mañana lo tienes. Y oye, lo siento. Siento mucho que esa pécora intente hacerte la vida imposible.

—Yo también.

Es hora de tomar la iniciativa. No terminó de dar los buenos días a su asistente, cuando uno de los teléfonos móviles, sonó repetidamente. Lo toma entre sus manos y corta la comunicación.

—Olvidé algo en el coche, regreso enseguida —dice a su asistente.

—Claro, voy preparándole las notas.

—Gracias.

En espacio abierto espera la segunda llamada.

—Hola. No mencione nombres. La foto de la persona y donde puede localizarla, lo envío en mensaje. Remítame su número de cuenta para hacer la transferencia de inmediato.

—No es preciso. Espere recibir mi conformidad, después habrá tiempo para el dinero.

—Gracias, ya me dijeron que era de los mejores y de total confianza.

—En efecto. Hasta pronto.

—Hasta pronto.

Cortó la comunicación y regresa al despacho.

—Cristina ¿ha recibido la información pedida del departamento financiero?

—Si señor.

—Bien. Llame por favor a este número y diga al inspector que puede venir a recogerla, personalmente, si no viene él no habrá documentación. Recálqueselo por favor.

—Naturalmente.

—Ahora por favor, diga a Roberto, de Finanzas que venga inmediatamente a mi despacho. Es urgente.

—Ahora mismo.

Minutos después.

—Quiero que cancele la orden de transferencia mensual a la señora Orozco con carácter inmediato. De orden al banco de suspender y cancelar las tarjetas de crédito, y orden inmediata de retirar cualquier bien que esté a nombre de la Corporación. La cuenta bancaria no debe quedar nunca con un saldo superior a mil euros mensuales. ¿Lo ha entendido?

—Sí señor, pero es que…

—¿Pero qué?

—El señor Orozco dijo hace tiempo que nada debía perturbar el dinero o uso de las propiedades por su esposa.

—El señor Orozco falleció, yo soy el Consejero Delegado, dirijo y represento a esta Corporación y usted, no puede ni debe, desobedecer una orden directa mía o tendrá problemas de toda índole. ¿Entiende ahora?. Y por favor, esto no es de dominio público.

—Comprendo señor Montalvo. Comprendo.

—Pues manos a la obra.

Otra llamada telefónica.

—Luis, ya he puesto en funcionamiento el plan. Nos vemos en mi casa al caer la noche para comentar.

—¿Inhibidor?

—Desde luego, así podremos tomar una copa tranquilos, ven con tu novia, si ella quiere claro.

—Se lo diré.

Dos golpes en la puerta.

—Si, ¿quién es?

—Inspector Delgado.

—Adelante, pase.

—Tome asiento, no tardarán en traer la documentación que responde a sus preguntas de hace unos días.

—Me habría conformado con una llamada suya.

—Yo no. Prefiero confirmar mis estancias, así los indicios de criminalidad que pesan sobre mí, supongo que el Sr. Juez, los eliminará. ¿No es cierto?

—Disculpe, pero no sé a qué se refiere.

—No insulte mi inteligencia inspector. Por cierto, sus micrófonos producen acoplamientos en el teléfono y la televisión a veces sufre alteraciones. Cámbielos o ponga otros de mayor calidad.

—Sr. Montalvo, tal vez debería pedirle disculpas.

—No es preciso. Pero espere un minuto. Cristina por favor, pase y haga entrega de la documentación al inspector Delgado.

—Ahora mismo.

Segundos después.

—Tenga, estas son las facturas y gastos de los viajes realizados en las fechas en que mencionó. En efecto estuve en las zonas, me llevaron allí asuntos de trabajo, pero no en las ciudades que usted citó. No así Córdoba, allí estuve en efecto, de viaje turístico. También tiene los pagos realizados con mi tarjeta personal. De esas fechas en Córdoba, el Juzgado podrá recabar la oportuna documentación tanto a la empresa expendedora de la tarjeta, como a los establecimientos donde la utilicé.

—Sr. Montalvo, lo lamento… yo, en fin. Ya sabe que esto no es algo personal, me limito a cumplir con mi trabajo.

—Y yo con el mío. Ahora por favor insisto en que se marche y siga con su trabajo. No quisiera volver a verle por aquí, a no ser que traiga una orden judicial.

—Sí señor. Lo siento.

—También yo.

Al cerrar la puerta, Salvador comenzó a reír, a sentirse mejor, más tranquilo y muy satisfecho de cuanto había hecho hasta ese momento. Ahora esperaría dos llamadas. Una no tardaría mucho, la otra al día siguiente. Después de todo iban a cumplirse indefectiblemente todos sus sueños. Era su momento.

—Le paso una llamada de la señora Orozco.

—Gracias. ¿dígame?

—Salvador ¿puedes ayudarme?

—Naturalmente, para esto estoy aquí, para ayudarte. ¿Qué te ocurre?

—Acabo de estar en el banco, necesitaba sacar dinero para hacer unos pagos y me han dicho que la cuenta está bloqueada. ¿qué ha pasado?

—¡Ah si! perdona, se me olvidó llamarte. Di orden de bloquearla, de cancelar tus tarjetas y suspender el pago de tu pensión vitalicia. Dispondrás de mil euros mensuales, hasta que se resuelva la revocación del testamento de tu marido ¿te parece bien?

—Eres un canalla. Ya lo sospechaba, pero ahora acabas de confirmármelo.

—Si yo soy un canalla, ¿cómo debo llamarte? ¿cómo debo calificar a la mujer de mi gran amigo Sebastián, que presenta una demanda por sospecha de asesinato contra mi ante el Juez? ¿Sinvergüenza? ¿Pécora? ¿Mala mujer?

—Esto no quedará así.

—Desde luego que no. Personalmente me gastaré toda mi fortuna en hundirte, no saldrás de la miseria en lo que te queda de vida. Por cierto, cada día pasará una persona a tomar nota de cuanto necesite Isabel para vivir. Irá para hacerle el desayuno, el almuerzo, merienda y cena, tu deberás apañártelas sola, a partir de mañana no dispondrás de servicio, solo Isabel. No tienes que preocuparte. Por cariño y respeto a la hija de Sebastián, voy a permitirte seguir viviendo en esa casa. Dispondrás de un coche utilitario para desplazarte, pero cuidado, la gasolina la pagaras con los mil euros asignados mensualmente. Se consecuente con los gastos. El resto de vehículos son de la Corporación y no estás autorizada a usarlos. Los retirarán mañana.

—Te costará la vida.

—Si es una amenaza debes saber que el Juez ha ordenado escuchas y grabaciones, y cuanto acabas de decir quedará grabado y podrá ser usado en mi defensa, caso de que me ocurriera algo.

—Te mataré Salvador. Te mataré.

—Como quieras.

Solo restaba esperar una segunda llamada para completar el día con un buen whisky con Luis en su casa de Olivenza.

—¿Cuál es el plan preparado?

—Este. Escucha con mucha atención, debemos llevarlo a cabo punto por punto, de lo contrario podemos cometer una serie de errores.

Durante más de una hora, Salvador puso en antecedentes a Luis y Elena, su novia.

—Perfecto, vaya mente la tuya, Salvador.

—Espero que funcione todo tan perfecto como lo he diseñado.

—Yo también. Brindemos por el éxito.

—Espera un segundo, me llaman de Estados Unidos.

Sale al jardín, se aparta de la casa y responde.

—Confirmado.

—Perfecto. Ahora envíeme los datos para transferir el costo del trabajo. Tome nota del nuevo número, este lo destruiré en cuanto acabemos de hablar.

—Si necesita algún trabajo más, estoy a su disposición.

—Lo tendré en cuenta. Gracias.

Entra en la casa con el teléfono en la mano. Hace un gesto y ambos salen hasta la barbacoa, que sostiene un importante fuego a la espera de convertirse en rescoldo. Luis trocea el teléfono, retira la batería y el resto es enviado a suicidarse en el fuego.

—Ya está todo en marcha. Mañana será el gran día. Debo viajar a París para firmar los documentos. El resto es cosa vuestra.

—De acuerdo. Nos veremos allí. Ahora vamos a preparar la cena. Elena, ¿Me ayudas?

—Claro cariño.

Una semana más tarde.

—Cristina por favor, ya puede pedir a los Consejeros se reúnan en la sala, para celebrar la Junta Extraordinaria. Los invitados están a punto de llegar.

—Sí señor, ahora mismo.

Minutos después todos los directivos y consejeros de la Corporación esperan la entrada de Salvador Montalvo. Le acompañan dos hombres y una mujer morena, con ojos verdes oscuros. Ellos carecen de cabello, mantienen como ejemplo de lo que fueron sus cabezas jóvenes, unas mínimas expresiones capilares a ambos lados de sus cabezas. Van vestidos con trajes grises y en sus manos sendas carpetas de piel que dejan ver la marca LV. Ella sin embargo sostiene una simple tablet.

Tras la oportuna lectura del acta de la reunión anterior, el Secretario señala el orden del día. Pasados unos minutos. Salvador toma la palabra.

—Señoras, señores, me complace anunciarles que la Corporacion SOC ha sido vendida en su totalidad a los representantes de Lumière d’entreprise vingt Groupe, aquí presentes, señores Mathieu y Leclerc. Tal y como se estableció en la transacción, los cambios que puedan producirse, no podrán realizarse antes de dos años, en lo que respecta a ustedes como Consejeros. Las decisiones empresariales de la Corporación son sin duda alguna, materia reservada por el momento y les compete a ellos dar cuenta, no a mí. Debo significarles, por si alguien duda de la operación realizada, que la hija de nuestro querido Sebastián Orozco, Isabel Orozco, no carecerá de cuanto necesite para vivir, ya que me ocuparé personalmente hasta que cumpla la edad de veinticinco años en que tomará posesión de cuanto le corresponde, como es mi obligación y me comprometí en su momento. Por mi parte, mañana mismo salgo a realizar un viaje que me prometí realizar hace muchos años. Descansar y ocuparme de lo que más me gusta, leer y conversar con mis amigos. Gracias a todos en nombre de Sebastián Orozco por ser tan fieles y también en el mío. Jamás les olvidaré. Ahora les dejo con sus nuevos Presidente y Vicepresidente.

Salvador abandona la sala bajo un respetuoso silencio, se dirige al que fuera su despacho hasta minutosantes. Cristina su asistente, le espera con ojos llorosos.

—No debería marcharse Sr. Montalvo.

—Hice cuanto estaba de mi mano, Lidia, su mujer, habría dilapidado el esfuerzo de Sebastián. Ahora sé que Isabel y su futuro están a salvo.

—Le echaré de menos.

—Y yo a usted. Por cierto, he dejado un pequeño obsequio sobre su mesa de trabajo. Espero que le guste. Ahora déjeme que la abrace y agradezca cuanto hizo por mi e Isabel.

—Adiós Sr. Montalvo.

Un coche aparece levantando las piedras de la entrada. Lidia se baja malhumorada. Mira hacia arriba y ve como Salvador saluda con la mano sonriendo. Sale hacia la escalera para alcanzar recepción. Allí está ella, muy enojada, mal vestida, mal peinada y en su mano derecha una pistola. Con ella apunta a Salvador que aparece en el último peldaño de la escalera.

—Has conseguido arruinarme. ¿Era eso lo que querías no?

—Estas muy equivocada. Yo quería cuidaros a las dos, tú sin embargo dilapidar lo que construyó mi amigo, mi querido amigo Sebastián, por eso me acusaste de instigador de su muerte y las de mis amigos, después intentaste revocar el testamento de tu marido, anulando el convenio que firmaste antes de casarte. Por todo eso y alguna cosa más, que no viene al caso, he vendido SOC y tú no tienes nada. Sí, lo he conseguido te he arruinado la vida, me adelanté a lo que tu intentabas hacer conmigo, solo que el Juez desestimó tu demanda. Ya ves, así es la vida.

—Prometí que te mataría, y eso voy a hacer ahora mismo.

Una voz, la del inspector Delgado, surge del fondo de la escalera. Señala imperativamente.

—No se mueva señora Orozco, tire esa pistola y haga el favor de marcharse.

—No puedo, no tengo casa, ni dinero, no tengo nada. Ese mal nacido me lo ha quitado todo. Voy a matarle.

—No voy a permitírselo. Suelte esa pistola y márchese.

Tras la insistencia del policía, Lidia suelta la pistola y cae en los cercanos brazos del inspector a dos pasos de ella. Salvador saluda con la mano al inspector, empuja la puerta de cristal y sube al coche que le espera a pocos metros.

—¿Dónde vamos señor Montalvo?

—Al aeropuerto.

Una semana más tarde. Luis está sentado junto a Elena, ambos beben una cerveza rubia, espumosa y fresca.

—¿Invitáis a una cerveza? —dice una voz grave aunque melodiosa.

—Naturalmente, para los amigos siempre hay una cerveza. Te esperábamos hace una semana. ¿Ha ocurrido algo?

—Nada. Me retrasé para nombrar a una institutriz que se ocupará de Isabel mientras estemos aquí.

—¿Algún problema?

—Ninguno, todo está bajo control. Tomemos esa cerveza, tengo sed.

Han transcurrido dos meses. La vida de Salvador transcurre placida, sin incidentes. Cada día recibe información directa de la institutriz inglesa. Carece de noticias de Lidia, tampoco las necesita. Sabe que el equipo francés no ha sustituido a consejero o director alguno de la corporación. Todo está saliendo como había imaginado.

—¿Eres feliz? —pregunta Luis.

—Lo soy.

—¿Estas tranquilo?

—Lo estoy.

—Puedo preguntarte algo.

—Lo que quieras amigo mío.

—¿Cuándo fuiste nombrado consejero delegado de la Corporación, sustituyendo a Sebastián, contactaste conmigo, ya tenías previsto todo esto?

—No, claro que no. Surgieron inconvenientes pero me ayudaste mucho. Por eso y por más cosas nos asociamos.

—Los accidentes de Paco y Jesús, se cómo sucedieron, tú lo pensaste, yo lo preparé y otros lo acabaron, pero dime una cosa Salvador ¿Cómo conseguiste que Sebastián se suicidara?

—¿Me guardarás el secreto?

—¿Ahora vas a dudar de mí?

—No. Escucha, pues no volveré a contarlo, es más, debes olvidarlo tras escucharlo. Promételo.

—Prometido.

—Leí que un laboratorio biotecnológico de Córdoba, había descubierto y puesto en funcionamiento un sistema para detectar las células tumorales ya que desprenden un olor particular y con ello se lograba identificar por ese olor, los tumores y su grado evolutivo mediante la detección de las proteínas olfativas en análisis clínicos con muestras orina para detectar el tipo de cáncer. Medio en broma medio en serio, comencé a elucubrar sobre el sistema olfativo. Un sentido al que sin duda alguna se le puede engañar, hay medios que lo permiten. Sin pensarlo mucho más, viaje a Córdoba y contacté con una investigadora del grupo, conseguí almorzar con ella y darle a conocer mis dudas sobre el descubrimiento. Puede que el olfato y aquello que se estructure para oler las células cancerígenas, sufran el mismo engaño. No es posible —me dijo— yo creo que si —respondí— La reté y lo consiguió. Durante meses investigó sobre la duda que planteé, y dio con el resultado. Se podía provocar el olor de un tipo de proteínas, similar o muy parecido a la producida por un tipo de tumor cancerígeno. De manera que si ingeríamos un alimento con cierta proteína, el resultado aunque positivo, carecería de veracidad. El oncólogo asumiría que el paciente sufría este tipo de tumor, cuando la realidad era un engaño al sistema olfativo de identificación. Nos volvimos a ver, pagó la cena que nos jugamos, y la prometí que haría todo lo posible para que siguiera investigando en la materia que más prometía y le  gustaba, en una universidad privada de Estados Unidos.

—No entiendo, por ahora no entiendo.

—La investigadora me proporcionó las proteínas engañosas y fui a ver a mis amigos Paco y Jesus, a ambos les pedí que fabricaran alguno de sus productos con la muestra de proteínas engañosas. Paco preparó una lote de esas bolas extrusionadas con sabor a queso y pedí enviárselas a Sebastián. Hice lo mismo con Jesús, que fabricó un lote de quesos en su fábrica, y también envió con una nota a Sebastián. Ahora solo restaba encontrarme con él. Ahí entraste tú, me proporcionaste los suficientes datos de él.  Solo tuve que seguirlo en Lisboa y hacerme el encontradizo. Sus análisis olfativos puestos en práctica por el oncólogo que le atendía, daban resultados enormemente positivos, respecto a su posible cáncer. Las conversaciones con él se convirtieron en propuesta. Cuando fui nombrado Consejero Delegado, pedí a la universidad americana, solicitara la presencia y contratación de la investigadora. La hicieron firmar por cinco años, buen sueldo y mejor futuro. Se despidió de Córdoba y se llevó con ella el proceso investigador de la proteína engañosa.

—Pero, ¿ por qué se suicidó Sebastián?

—La proteína en el queso era suficientemente potente para determinar que su tumor había degenerado negativamente. El creyó que su futuro estaba cerca, y no quiso sufrir las consecuencias de un proceso evolutivo con dolores y molestias para su familia. Siempre fue amigo de la eutanasia, y como aún no está permitida, optó por la única opción posible, el suicidio.

—Joder Salvador, que mente la tuya. Continúa.

—Ahora solo cabía eliminar las pruebas. Paco y Jesús, lo sabes, eran pruebas vivientes de lo que les pedí, solo sería cuestión de tiempo que uniesen las conexiones si investigaban. La investigadora murió arrollada por un camión, según leí en la prensa. La universidad americana tomó prestadas sus investigaciones, les conviene guardar silencio y optar al premio nobel, si consiguen adelantarse al proyecto cordobés. El resto lo conoces personalmente. A Lidia solo había que inducirla a cometer errores, y muchos fueron los que cometió. Meterse en acciones antes los tribunales, demandarme como sospechoso de inducir al suicidio. ¡que tontería más grande! ¿verdad?.

—Vale. Insisto, vaya mente la tuya. Pero hay una cosa que no logro entender ¿Por qué razón mandaste matar a tus tres amigos de la infancia?

—Por venganza. Una sencilla y noble venganza. Quien me la hace, me la paga, y ellos me la hicieron y muy grave por cierto.

—¿Te importará contármelo?

—Como lo que acabas de escuchar, esta será la primera y última vez que lo haré. Debes prometerme que jamás lo contarás, a nadie, repito, a nadie.

—Te lo prometo,

—Los cuatro éramos jóvenes, siempre haciendo cosas, jugando, gastando bromas. Sin embargo los tres, abusaban de mí. Aclaro lo de abusaban. Si bien íbamos a la misma clase en el colegio, yo era un año menor que ellos, no sé si más listo, pero nunca me gustaron los enfrentamientos, ni la violencia, ni el maltrato. Ellos se divertían a mi costa. El nefasto día en que ocurrió aquello, jamás pude olvidarlo. En el barrio en que vivíamos en Madrid, hubo durante la guerra civil combates. Allí tuvo que situarse una línea de ataque o defensa de la ciudad. Trincheras, cuevas y un nido de ametralladoras. Íbamos a uno de ellos muchas tardes a contar cosas, a pasar el rato. Entrabamos por la franja libre donde ponían el arma, caíamos dentro y para salir, cuando acabábamos de contar historias, empujábamos a uno para que subiera y desde fuera agarraba el brazo de otro para salir. Una tarde salieron ellos tres y cuando yo fui a intentarlo, no solo no me dieron el brazo para ayudarme, sino que echaron una cerilla encendida que prendió en la paja del suelo. De pronto comenzó a quemarse, a producirse un denso y oscuro humo que me ahogaba. Grité una y otra vez pidiendo que me sacaran, se negaban, no alcanzaba a ver siquiera donde estaban. Pasé pánico, temí quemarme vivo. No hacía más que toser, por fin y tras escuchar las risas de los tres, echaron un cinturón, me agarré como pude y salí de allí, llorando y sin cabello. Al verme sin un pelo en la cabeza, comenzaron a mofarse, diciéndome que me había quemado. No les hablé durante un mes, luego dije que les había perdonado, pero no lo hice. A  partir de ese día los odié como nunca. Supe años más tarde que no me quemé el pelo, sino que el miedo que me hicieron pasar provocó un proceso de estrés inmediato que me hizo perder todo el cabello. Por eso siempre llevo peluca. Juré que me vengaría y lo hice. Ya te lo he dicho, quien me la hace, me la paga. Creo que ahora dejaré que mi cabeza por fin respire tranquilamente.

—¿Quieres otra cerveza amigo mío?

—Creo que sí, si me pides una copa fría.

—Faltaría mas.

FIN.

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Y de repente, dos disparos

La Perdida del Tiempo_2014Tercera novela del policía Roberto H.C. donde un abogado sospecha que uno de sus clientes puede ser un asesino. Tras enfrentarse al dilema, confianza y ética profesional frente a la obligación como ciudadano, decide ponerlo en conocimiento del inspector Dobles,  de la comisaría de Roberto HC quien inicia la investigación.

Abogado e inspector sufren un atentado que les retiene en un hospital, tiempo suficiente para conocer todas las sospechas del posible asesinato. Cuando salen restablecidos, inicia las pesquisas y tropiezan con una organización religiosa brasileña que trata de organizar su asentamiento en Europa, con sede en España. Su dirigente, indígena de la amazonia, parece disponer de unos supuestos poderes que interfieren en la labor que el inspector Dobles tratará de solucionar con la ayuda del comisario.


LA PERDIDA DEL TIEMPO

A mi amigo Iñaki Rejado y su querida ciudad de Gasteiz. Y a Ella.

Amor y deseo son dos cosas  diferentes. Que no todo lo que se ama se desea,ni todo lo que se desea se ama. Miguel de Cervantes Saavedra

Capítulo 1

Era la segunda reunión con el inspector. Seguí comentándole.

—Mis jornadas de trabajo siempre se cuando comienzan, pero casi nunca cuando acaban. Normalmente a las ocho y media de la mañana suelo entrar en la planta octava del edificio. Aunque la hora de regreso a mi casa jamás ha sido la misma. La empresa tiene su sede principal en Francia. Nosotros, quiero decir, todos los empleados y socios de España, formamos parte de la denominada Sucursal Sur. Desde Madrid manejamos los hilos que llegan hasta Suramérica. Yo concretamente tengo a mi cargo un amplio equipo de abogados para encargamos de todas las cuestiones jurídicas y litigiosas de nuestras filiales.

En ese preciso instante paré de hablar, llevaba más de una hora respondiendo y comentando al inspector Dobles, mis presunciones. Necesitaba un café caliente y un cigarrillo. De nuevo los nervios empezaban a apoderarse de mí.

—Continúe, por favor, no se pare, tenemos poco tiempo.

—Lo se inspector, pero no tengo más remedio. Necesito tomar un café.

—Yo también. Si le parece podemos ir a la cafetería.

—Claro, yo le invito.

—No es preciso Sr. Enciso.

—Lo sé, pero debo pagarle con algo el esfuerzo que hace para ayudarme.

—No es necesario, de verdad. Solo trato de cumplir con mi obligación. Y cuanto antes la detengamos mejor ¿No le parece?

—Eso espero.

—Bajemos a la calle. Nosotros en la comisaría, solemos ir a Sanchidrian. Hacen buen café y si se trata de cerveza y tapas, también tiene las suyas.

—Como quiera Inspector.

Pese a guardar cierto temor a que pudieran escucharnos, continuamos conversando, mientras tomamos los cafés.

Cuatro días antes me había acercado por la comisaría para denunciar un posible asesinato. En aquel momento el responsable no pudo atenderme. Según supe más tarde, el comisario avezado investigador en asuntos como el que presenté al inspector Dobles, estaba ausente.

— Entonces Sr. Enciso – comenzó diciéndome de nuevo- ¿cómo llega a la conclusión de que esa mujer va a matar a su hija?

—Verá inspector, no creo que en dos frases pueda resumirle casi dieciocho años.

—¿Tanto tiempo?

—Claro. Han ocurrido muchas cosas hasta  llegar a esta conclusión.

—¿Cree entonces que conseguiremos detenerla antes de que cometa el crimen?

—Le repito que eso espero, sino todo el esfuerzo realizado hasta hoy, habrá sido en balde.

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Tension en…el Metro de Madrid

los-vagones-del-miedo_2Bajo el título LOS VAGONES DEL MIEDO, Roberto H.C.investiga su primer caso como Comisario, segunda de la serie.

En el Metro de Madrid, comienzan a aparecer viajeros asesinados. Roberto HC recientemente ascendido, se hace cargo de la investigación ayudado por el inspector Ignacio Dobles, Luis Pinillas dominador del campo de la informática y una guapa psicóloga, Esperanza Miró,asignada en la comisaria para preparar perfiles de sospechosos.

Con el fin de intentar detener a los criminales, ponen n marcha un dispositivo que abarca toda la red del transporte publico de la ciudad. Sin embargo los asesinos continúan su labor, sembrando el pánico en cada una de las lineas del suburbano.

Estos son los primeros párrafos.


LOS VAGONES DEL MIEDO.

A mi Madre, que esperó con entusiasmo entrar en el siglo XXI y no lo consiguió. Yo me quedé para contárselo cuando nos encontremos. A Susana Garrido, que fue mi intensa musa lamentablemente por poco tiempo y también me espera. A mi hijo Víctor. Y desde luego a Ella.

El mal está solo en tu mente y no en lo externo. La mente pura siempre ve solamente lo bueno en cada cosa, pero la mala se encarga de inventar el mal. Johann Wolfgang von Goethe.

Capitulo I

Generalmente la gente no hace caso de quienes duermen en los vagones del Metro de Madrid. Aquella mujer de mediana edad, aparentaba estar dormida, si no hubiera sido por el hilillo de sangre que desde la comisura de los labios, resbalaba por su barbilla hasta caer goteando sobre el pecho, manchando de rojo la blusa blanca. Su cabeza descansaba sobre su propio brazo derecho, reposado sobre el lateral del asiento de un vagón de Metro de la Línea 4.

—Sí señor, subí en la estación de Diego de León, y no vi nada en particular. Esa pobre mujer parecía tener sueño, iba dando cabezadas de un lado a otro.

—Pero, ¿no observó algo fuera de lo corriente?

—No señor, lo que le he dicho, daba cabezadas.

—¿Observó quien se sentó a su lado?

—No señor, yo solo levantaba la vista del Hola, para ver si se quedaba libre algún asiento y poder seguir leyendo más cómodamente.

—Entonces ¿cuándo se dio cuenta de que la señora no estaba bien?

—¡Caray ! pues cuando me senté a su lado y me fijé en la mancha de sangre de su pecho.

—Antes de sentarse ¿de verdad que no vio a nadie a su lado?

—Lo siento, pero no puedo decirle más. Bastante susto llevo encima.

            Un agente de la Policía Municipal, ayudado por dos miembros de Seguridad del Metro de Madrid, tomó nota de los nombres y dirección de cuantos viajeros retuvieron hasta que avisaron a la Central de Policía. Mientras, otro agente permanecía cerca de la mujer evitando que nadie se acercara.

             El cuerpo de la fallecida, tras el preceptivo levantamiento del cadáver autorizado por el Juez de Guardia, fue llevado al Instituto Anatómico Forense de Madrid para realizar la oportuna autopsia.

            La línea 4 del Metro desde Canillas, estación donde se descubrió el cadáver, hasta la de Parque de Santa María, permaneció sin servicio por causas ajenas a Metro de Madrid, según rezaba la voz femenina metalizada, atonada y repetida una y otra vez a través de los altavoces de todas las estaciones de la Red.

            En otro lado de la ciudad, en la comisaría de Roberto H.C la mayoría de funcionarios, inspectores y agentes, terminaban su servicio. Se disponían a apagar los últimos cigarrillos, tomarse el último café de la tarde y quizás un poco mas tarde, recoger los coches que los llevarían a distintos lugares de la ciudad. Se acababa la jornada de trabajo.

            Tras un cartel de “comisario” pegado en la hoja de la puerta, Roberto H.C. y el inspector Dobles, daban repaso a los últimos acontecimientos ocurridos en Madrid, concretamente en la demarcación de su comisaría…

Busca la clave de los criminales en este y el resto capítulos, que puedes leer comprando un ejemplar en La Tienda de Púnica Granatum

De los doce casos en Madrid.

Doce Casos en MadridCon el título DOCE CASOS EN MADRID, se inicia la serie de novelas protagonizada por Roberto H.C., un  inspector del Cuerpo Nacional de Policía destinado en una comisaria de Madrid, reclamado por otra para investigar casos de diversa índole.

Como policía es intuitivo, perseverante y resolutivo. Su vida personal es algo licenciosa y como suele suceder, una mujer, intenta encauzarle hacia otra más sosegada.

Las doce investigaciones que ofrece esta novela llevadas a  cabo el inspector Roberto HC  da a conocer casos muy distintos, diferentes, cortos, cuyo único nexo, es precisamente él y los compañeros que le ayudan a resolverlos.

En un Madrid como indiscutible crisol de gentes, caracteres, fusiones, idiomas y nacionalidades se desarrollan los doce casos. 1.Unos extraños secuestros. 2.Las muertes de jóvenes de ambos sexos, no precisamente NiNi’s. 3.La búsqueda de un trabajador en el subsuelo del nuevo edificio y ahora Ayuntamiento de la capital. 4. El extraño mensaje en una lata de espárragos. 5. ¿ La muerte accidental de un anciano sin techo? 6.Un sospechoso favor a una antigua amiga. 7. Un recorrido por las líneas del metro buscando… 8.Una mala conciencia por el resultado de un concurso de rosas.9.¿La aparición de fantasmas o realidad? 10. Las mafias campan en la gran ciudad. 11.Un extraño vehículo atraviesa la ciudad. 12.La corrupción implica asesinatos.

Roberto H.C. es un policía especial, diferente y esta primera novela inicia una serie de narraciones posteriores con el mismo protagonista.

A continuación algunos párrafos de su primera historia.


1º Caso. Incrédula.

A la ciudad de Madrid donde conocí a Ella. 

 

El hombre está siempre dispuesto a negar aquello que no comprende.  Luigi Pirandello

             Miró el reloj del salpicadero del coche, faltaban unos minutos para las once de la noche, hora más que razonable para estar en la cama como cada día, y sin embargo, no tenía ninguna intención de dormir, las cuatro copas que tomó con sus compañeros y amigos, la despejaron totalmente.

          Pese a las numerosas campañas que realizaba la Dirección General de Tráfico invitando a no conducir si se había bebido, ella hizo caso omiso aquella tarde. Bebió y condujo, aunque despacio. Lo hizo desde que recogió el coche y se negó a que Francisco la acompañara. De todos los compañeros que tenía, él era el único que siempre se brindaba a hacerlo. Aunque era un patoso y bebía cuanto le pusieran en un vaso, aunque no fuera de cristal. Contuviera lo que contuviera.

            Según el mentidero de la empresa, Francisco venía sufriendo desde hacía tiempo algún que otro problema de índole familiar, y por qué no,  también laboral. Ambos le indujeron, sin ningún género de dudas, a tomar más de una copa diaria. Razón más que conocida por la que se negó a que la acompañara. Ella sí sabía controlarse y además, era su vida, no quería ponerla en manos de alguien en quien por supuesto no confiaba.

            Acababan de reincorporarse de las vacaciones. A todos les gustaba reunirse para intercambiar anécdotas veraniegas, éxitos amorosos y muchas mentiras sobre los flirteos veraniegos. Volvió a mirar el reloj. Las once y cuarto. Se dio cuenta que la aguja del depósito de gasolina rozaba el final traspasando la línea roja. Situación más que comprometida si no conseguía llegar pronto a una estación de servicio.

            El velocímetro no pasaba de 60 Km. por hora. Miró a un lado de la carretera y comprobó, tras ver el poste kilométrico, una señal que anunciaba combustible a menos de dos mil metros. Se paró frente a uno de los surtidores, leyó la nota y se acercó a la cabina acristalada. Puso 20 € sobre la rendija, y el empleado de la gasolinera se acercó para cargar del surtidor número tres.

            El aire de la noche, aunque no era frío, la despejó mientras estuvo fuera esperando que el empleado pusiera gasolina. Se sentó de nuevo frente al volante, encendió el contacto y salió de la gasolinera camino de su casa en Brunete, pequeña población de la provincia de Madrid. Pensó tomar una última copa antes de retirarse definitivamente a descansar.

            Cubrió tan solo cuatro kilómetros cuando el coche comenzó a dar tirones, pararse y volver a funcionar. Mal se estaba poniendo la noche. Los focos delanteros del coche le anunciaron un desvío a la derecha. A lo lejos distinguió unas viviendas. No estaba muy alejada de la civilización. Pensó aparcar en la explanada y llamar por teléfono. Algún amigo podría recogerla. No tenía miedo.

            Desde los árboles, alguien permanecía escondido observándola. El motor dio un último tirón y se paró antes de retirar la llave del contacto. No bajó del coche, buscó el teléfono móvil dentro del bolso e indagó en la agenda el número de ese amigo que la socorriera. Mientras, ese alguien fue acercándose cada vez más al coche parado. Sacó de su bolsillo un frasco, lo abrió y volcó parte del contenido sobre un pañuelo relleno de grueso algodón.

            Con la mano alejada de su cuerpo, se adelantó hasta una de las puertas. Abrió la del conductor y puso el pañuelo ante la cara de la mujer que segundos más tarde caía inerte sobre el asiento.

El resto del caso, y sus once restantes puedes leerlos comprando un ejemplar en La Tienda de Púnica Granatum.

Carta a Susa por Navidades.

Diciembre 2008

Querida Susa:

Estamos en Diciembre, en plenas fiestas navideñas y no obstante aun sigo enfadado contigo. Me prometiste llamar en cuanto salieras de la Clínica, y no lo hiciste, ahora me obligas a escribirte. Ya sabes, solo soy capaz de reflejar mis sentimientos cuando pongo palabras arañadas sobre el papel. Además, no quiero que puedas sentirte sola por un momento, pese a que estas alejada de la vida, por eso te escribo.

Aquel día, aquel nefasto día, cuando me pediste que esperara te obedecí. Que no me preocupara añadiste, y te creí, como siempre hacia, y desde entonces me siento mal pues debería haber imaginado tratabas de ocultarme algo. No supe averiguar habías concertado tu viaje definitivo con La Parca sin mi, que no cumplirías tu promesa y no volverías para oírme decir lo que tal vez debería haberte dicho hace tiempo. Tu ausencia ha comenzado ya.

Ahora solo el silencio y el éter del espacio donde te encuentres serán mis aliados a quienes confiaré te susurren todo lo que tenia guardado, tal y como hiciera aquel gorrión que descubrimos juntos un domingo paseando por El Retiro.

Siempre te dije, ¿recuerdas?, que eras mi MUSA, y te reías por el juego de silabas con tu nombre SUSA. También recordarás que solo desde aquel 11 de Enero, cuando nos conocimos en Sevilla y entraste en mi vida, pude reflejar cuanta creatividad llevaba dentro. Fue solo entonces, con tus comentarios y sobre todo apoyo, cuando nació decididamente la necesidad de escribir y más dificultades encontré para traducir y materializar verbalmente mis sentimientos por ti. A tus recomendaciones, no tuve más remedio que sujetarlos como bridas de un caballo desbocado. Comprendía tanto directa como indirectamente que debía canalizarlos de otro modo, en razón de tus hijos y el contencioso recién acabado con su padre, tu ex marido.

Por todo aquello y por mucho mas, mis sentimientos se han convertido en un enjambre oculto, como en un día de lluvia a la espera de que un rayo de sol abra la puerta de la colmena para iniciar la búsqueda de flores. Siempre fuiste para mi por un extraño designio, fuente de luz, remanso de ternura, un manantial profundo e inmenso de agua pura que iluminó mi vida y mi camino. Debes saber que siempre estarás dentro de mi corazón y seguirás inundando de optimismo la mitad de mi alma, ya que la otra mitad se fue contigo, sin embargo con la misma fuerza y ternura, seguiré ofreciéndote miles de bicos.

Ya no volveremos a escuchar juntos las voces angelicales en la basílica del monasterio de El Escorial, ni pasearemos por El Retiro, ni tomaremos cervezas en La Flecha, ni los bocadillos de calamares que tanto te gustaban de El Brillante. No podremos disfrutar de las canciones de Aute, Michael Burble, Diana Navarro o Celine Dion, o de las maravillosas notas nacidas para los conciertos de violín de manos de los virtuosos clásicos. Pero te prometo que lo seguiré haciendo en homenaje a ti, a tu recuerdo, y será mi dedicación, y volveré a los mismos lugares para pasear y beber cerveza por ti, y me mantendré escribiendo mis novelas. Así, desde donde te encuentres, podrás hacer tu especial y querida critica y comentarios. De vez en cuando escucharé Tell Him con la voz de Celine dejando que una sujeta lágrima aflore sin detenerla.

También debes saber que tu ausencia me duele en lo mas profundo de mi ser, que desde entonces las noches aparecen sin sueño y despiertan mis angustias y no puedo conjugar mis verbos en futuro. Sin embargo el recuerdo de tu sonrisa seguirá bastándome para hacer bailar las estrellas en el firmamento evitando con ello dejarme morir por la melancolía que me produce tu ausencia. Siempre existirás mientras alguien te recuerde, y yo lo haré siempre.

No te imagino alejada, pensaba, y sin embargo te tengo, decía, mas cuando el alba venia, tus besos y tu presencia, mi amor, faltaban. Y es cuando mas solo me encuentro, mi vida, y reclamo soñar despierto para poderte decir quedo, bajo, susurrante, cuanto te añoro y te amo.

Por ultimo y por el momento, no deseo pienses por un momento que me he olvidado de tus piedras de cristal de roca, no se han separado de mi ni lo harán, como tampoco dejaré de abrir cada día las cajas donde guardo para ti miríadas de bicos. Cada mañana los lanzaré desde mi ventana para que te lleguen, aunque guardaré uno para dártelo personalmente cuando nos volvamos a encontrar.

Hasta mi próxima carta.  Anxo.

El reloj

EL RELOJ

por Anxo do Rego


Retiré las manillas de mi reloj

para detener el tiempo

y así mantener mi amor por ti. 

Ángel Sotomayor

reloj-deportivoEnrique Martos Paz, nació el 13 de Octubre de 1970, en la Clínica Santa Cristina, situada en la calle O’Donnell de Madrid. Sus padres, católicos usuarios, como hoy diríamos de quienes como yo, utilizamos un ordenador, sin más. ¡Sí! eso, como usuarios, no como un profesional en la materia. Insisto, sus padres le acompañaron a la parroquia cercana a su domicilio para prepararle en la fe católica, con el fin de hacer la primera comunión. Entonces era lo obligado.

Cuando llegó el día, allá por Mayo de 1977, la familia completa se reunió para acompañar al nuevo cordero al rebaño. Le vistieron con una especie de uniforme marinero, guantes blancos, un rosario de cuentas blancas, y un pequeño libro nacarado, con cierre metálico dorado, donde como el resto de niños y niñas, llevaban los recordatorios de esa fecha tan inolvidable. La iglesia estaba repleta de gente engalanada. Cánticos, alabanzas, música de órgano y procesión para llegar al altar, donde el sacerdote, ayudado de dos hombres con ropajes hasta los pies;  perdón pero no recuerdo como se llamaban los ayudantes; comenzó a dar el trozo de pan convertido en un milagro incomprensible, diciéndoles: Recibe el cuerpo y la sangre de Cristo. A un niño con esa edad supongo que imaginar se está comiendo un trozo de carne y sangre, no debió hacerle mucha gracia, además de ser incomprensible.

Al acabar la ceremonia; extensa y creada fundamentalmente para autosatisfacción del sacerdote, a los niños se les veía cansados, aburridos y sobre todo hambrientos; los niños sufrieron un conato de mareo, con el correspondiente susto de sus familiares. Sobre todo por tenerlos tanto tiempo en ayunas sin alimento alguno.

A las tres horas, y tras otra procesión, acabó la ceremonia y los niños y niñas, pudieron corretear, abrazar a sus padres y recibir muchos regalos, en realidad lo más importante de aquel día.

Enrique, como todos, recibió muchos. A cuantos le ofrecían su obsequio, estaba previsto, que como contraprestación, entregaría un trozo de cartulina impresa con su nombre, apellidos, fecha del día y angelitos revoloteando por las esquinas, un estupendo y maravilloso recordatorio.

Recibió muchos juguetes, algunos estupendos, como botas de reglamento para practicar fútbol, pero el más importante para Enrique, fue un estupendo reloj deportivo, con una correa metálica e infinidad de apartados. Contaba segundos, décimas, metros a los que podía llegar buceando con o sin escafandra, y la presión que podía soportar. Incluso el agua no podía hacer mella en aquel estupendo medidor de tiempo con tantas virtudes. Lo mas importante a partir de ese día, fue llevar el reloj agarrado a su muñeca repleto de coronas, pulsadores alrededor de la esfera, negra y reflectante incluso en las noches mas negras.

No pudo soportar la idea de esperar a ponérselo al llegar a casa, por lo que su padre le ayudó a ajustárselo en la muñeca de su brazo izquierdo. Luego la consabida pregunta, ¿Quieres saber que hora tengo, papa? Se le veía contento, entusiasmado.

Se retiraron a un restaurante a las afueras de Madrid, donde celebraron el acontecimiento, y los primos, primas y amigos del colegio, pudieron jugar hasta extenuarse, al tiempo que ensuciaban los trajes. Claro que nunca más volvería a hacer la primera comunión. No importaba.

A partir de ese día, todo parecía esta controlado por Enrique. A la hora que debía ir al colegio, salir de él. Volver a casa a merendar e ir con los amigos a jugar hasta la hora de hacer los deberes. Incluso meterse en la cama y despertarse para continuar con el día siguiente.

Adoraba el reloj, era algo que formaba parte de él. Muy singular, especial, tal vez lo mas importante que poseía.

Con el tiempo y los años jamás se separó de él. Controló sus pasos en el Instituto, mas adelante su entrada en la Universidad. La hora en que dio su primer beso a Sofía, el amor de su vida, su novia y posterior esposa. Cuando comenzó a conducir su primer coche, y abrir la puerta de su primera vivienda. Jamás se separó de aquel reloj, y a veces, conversaba con el grande, negro y lleno de roscas y huecos en la esfera, así como manillas que solo él sabia manejar.

Su vida llegó prácticamente al cenit. Uno tras otro estaba a punto de cumplir cuarenta años, y aquel reloj seguía puesto en su muñeca. Por él supo la hora en que se divorció de Sofía, poco después de cumplir los treinta y nueve años y como iban a ser los días a partir de ese en que ya no estaría junto a ella, hasta entonces felices y llenos de satisfacción junto a su compañera.

Sus padres, ya mayores, entendieron la dificultad que entrañaría para su hijo Enrique, aquella pérdida de felicidad, romper con lo establecido. Pero no, no fue así, tal vez si se convirtió en un hombre algo introvertido. Que digo algo, ¡que va! el mas callado y menos comunicativo del mundo. Enrique iba cada día, puntual eso si, a su trabajo. Del mismo modo salía de él, y con la exactitud marcada por su reloj, abría cada tarde la puerta de su casa, se cambiaba de ropa, la cepillaba antes de volver a colgarla y si precisaba plancha, la dejaba aparcada para que su madre, como cada semana, entrara cuando él no estaba y se la arreglara, como algunas cosas mas de la casa. También le hacia algún que otro plato para comer decentemente, como decía ella.

Nuestro amigo Enrique, se convirtió en un ser taciturno, sus costumbres cambiaron, sus amigos le abandonaron y pronto se vió en el espejo como un hombre solitario. Su única razón de vivir era el control del tiempo. Aquel reloj de negra esfera y cadena metálica, fue lo único que no le abandonó.

Su refugio era una habitación que habilitó para su entretenimiento. ¿Saben cual? Comenzó por controlar el horario de cada capital europea, luego siguió con Asia y mas tarde amplió a América. Pero se le quedó corto y no tuvo mas remedio que incluir las ciudades más importantes de cada país, las ordenó alfabéticamente y posteriormente, partiendo como base  el huso horario de Madrid, estableció las horas que le separaban de su ciudad.

Sus padres eran los únicos seres con quienes contactaba de vez en cuando. Iba una vez al mes a su casa, un sábado a comer con ellos, pero solo estaba exactamente ochenta y siete minutos, a partir de ese momento, se despedía y volvía al mes siguiente.

Cada día, tenía cinco minutos para la ducha, tres para cepillarse los dientes por la mañana, dos por la noche y tres y medio después de cada comida. Cuatro minutos para vestirse, diez para desayunar, treinta para almorzar, y algunos otros minutos para el resto de actividades hasta completar las veinticuatro horas, sin desdeñar el trabajo. Dormía exactamente siete horas y cuarenta y dos minutos. No había actividad que no estuviera regulada por el reloj de esfera negra y cadena metálica, aquel regalo de sus padres el día de su primera comunión.

Cada día era, sino igual, muy similar al anterior y posiblemente al siguiente. Apenas se diferenciaban. Levantarse cuando sonaba el despertador, aseo, desayuno, vestirse, cerrar la puerta e ir a trabajar. Subir al coche en el garaje, salir y recorrer las calles con antelación para no sufrir atascos imprevistos que rompiera el proyecto de tiempo preparado de antemano.

Cada vez que miraba su reflejo en el espejo veía como el tiempo dejaba su inapelable huella. Entradas en el fuerte e intenso cabello negro. Alguna arruga en la comisura de los labios, y en los parpados. Las manos aun estaban tersas, pero sus músculos, faltos de ejercicio pronto sentirían la flaccidez, de no hacer algo que lo impidiera.

El 13 de Octubre de 2010, Enrique Martos Paz se levantó como cada día. Recordó que cumplía cuarenta años. Se felicitó por haber llegado a esa edad, longeva si hubiera vivido cinco o seis siglos antes. No hizo ningún acto especial. Tan solo recibió una llamada a media mañana, sus padres aprovecharon la coyuntura para felicitarle e invitarle a comer ese especial día en su casa, pero se negó. Razón, su reloj se había parado, y eso era algo que no podía soportar, toda su vida giraba alrededor de aquel instrumento con esfera negra y cadena metálica.

Antes de acabar su jornada, se tomó el resto del día libre, con el fin de buscar un técnico que pudiera reparar su reloj. El día estaba trastocado, nada de lo previsto sucedía. Comenzó a descontrolarse, mirar con desasosiego el reloj, cuyas manillas no se movían, estaba muerto. Por fin encontró en una calle del centro, muy cercana a la Plaza Mayor, una tienda donde seguramente podrían reparárselo. Al atravesar la puerta, ésta debió tropezar con una campanilla anunciando su presencia, dado que el establecimiento pequeño, sin apenas luz, con un mostrador de madera en el frontal, y otro similar en el lateral derecho, permanecía desierto. Esperó unos segundos y apareció detrás de una cortina gris, un hombre con lentes soportando una lupa ajustable sobre su ojo derecho, que inmediatamente retiró.

  • Buenas tardes.
  • ¿En que puedo atenderle?
  • Tengo un reloj hace mucho años y especialmente hoy, en que cumplo cuarenta años, se ha parado, me gustaría saber si tiene arreglo, es algo más que un reloj para mi.
  • ¿Es ese de su muñeca?
  • En efecto.
  • ¿Puede retirárselo y dejármelo ver?

El técnico, lo observó con detenimiento y luego señaló.

  • Es en verdad antiguo, ya no fabrican relojes como estos. Carecen de pilas. Sabe, solo se fabricaron cincuenta unidades de este modelo. En Suiza, ya sabe el país de la exactitud y la puntualidad.
  • No, no lo sabía. Si como dice, no le giro la corona para darle cuerda, ni tiene pilas como los de ahora. ¿Cómo ha podido funcionar hasta ahora?
  • No lo se. De verdad, desconozco su fuente de energía. Pero bueno, intentaremos solucionar el problema.
  • ¿Tardará mucho?
  • Tendrá que dejármelo un tiempo, para observarlo con detenimiento. Ya veo por sus palabras que le tiene afecto.
  • Y tanto, lo llevo desde que hice la primera comunión, desde 1977.
  • Ya es tiempo, ya. Bueno, si quiere puedo dejarle uno para que no vaya sin hora, si es eso lo que le preocupa.
  • Ni mucho menos. No tengo más reloj que este, pero no quiero que ningún otro me mida el tiempo. Sabe, el y yo nos complementamos perfectamente, lo tenemos todo controlado. Quiero decir, él me dice la hora, y yo se cuanto y que debo hacer en cada momento.
  • Haré un esfuerzo especial, y trataré de arreglárselo hoy mismo. ¿Por qué no viene esta tarde a última hora?
  • No se cual es esa ultima hora, sin él no soy nada, y él sin mi, tampoco.
  • Está bien, de un paseo, vaya a almorzar y a su regreso, fíjese en el de la torreta del edificio central de la Puerta del Sol. Cuando señale las ocho y media de la noche.
  • ¿Querrá decir las veinte y treinta?
  • Si, disculpe, en efecto, las veinte treinta, es la hora de cerrar mi establecimiento, bien, venga a esa hora, le esperaré abierto y veré si para entonces he podido repararlo.
  • De acuerdo, gracias, y por favor haga todo lo que sepa y pueda, no sabría estar sin mi reloj.
  • Ahora si me permite entraré en el taller para observarlo.
  • Bien, entonces me marcho, hasta las veinte y treinta.
  • Si, hasta esa hora.

Enrique salió de la tienda de reparaciones, y se puso a caminar, pero alrededor de ella, solo se desplazó, ya muy tarde, hasta la Puerta del Sol para comprobar que en efecto eran las veinte y treinta, hora en que debía entrar para conocer como estaba su compañero de fatigas.

  • Voy – oyó decir al técnico nada más atravesar la puerta y hacer sonar la campanilla- ¡Ah! Es usted. Estupendo, me alegro. Creo que hemos tenido suerte. Su reloj está reparado.
  • ¿Qué tenia?
  • No lo se, la verdad, he tocado aquí y allá durante horas, y nada he obtenido, y de repente ha comenzado a moverse.
  • Habrá dado con el punto exacto.
  • Posiblemente, no lo se.
  • Me alegro y se lo agradezco. ¿Cuándo le debo por la reparación?
  • No hice nada, solo toqué aquí y allá, intentando localizar su fuente energética, pero no lo he conseguido. Habrá estado aletargado durante un tiempo y de nuevo ha decidido continuar viviendo y midiendo las horas.
  • Pues gracias, le debo un favor.
  • No hombre, nada. Solo que, si me gustaría que de vez en cuando viniera para decirme como sigue. Me intriga ese reloj. Es extraño.
  • Está bien, le prometo venir a verle, aunque no puedo por ahora decirle día y hora, tendré que modificar cuanto hacia hasta ahora y eliminar algo para poder venir, pero lo haré, puede estar seguro.
  • De acuerdo.

Se despidieron y Enrique volvió a casa entusiasmado, contento, de nuevo su reloj funcionaba y estaba de nuevo engarzado a su muñeca izquierda.

Al llegar recompuso la estructura del día, ajustó el horario olvidando algunas de las actividades previstas para ese día, rotas por el problema. Tuvo que esperar para cenar, aunque el estomago le llamaba, no había tomado bocado alguno en todo el día, pero el horario era el horario. Lo cumplió y notó como el reloj marcaba sobre su muñeca una especie de movimiento, como el ronroneo de un gato o el lamido de un perro agradecido. Enrique sonrió y dijo.

  • No, gracias a ti, que has conseguido volver a vivir para seguir dándome alegría.

De nuevo otro movimiento apenas perceptible sobre su muñeca. Ambos, cayeron sobre la cama y esperaron al día siguiente, él durmiendo, el reloj controlando el tiempo.

Todo estaba aparentemente igual, tres minutos para cepillarse los dientes, cinco para la ducha, diez para desayunar, otros para recoger el coche e ir a trabajar sin atascos.

A media mañana volvió a recibir la llamada telefónica de su madre.

  • ¿Que te paso ayer, hijo?, era tu cumpleaños.
  • Lo se mamá, perdonar, pero todo lo previsto se vino abajo, tuve que ir a reparar mi reloj, se me paró.
  • Pero hijo, podías haber venido a comer. Un día como ese y solo.
  • No importa.
  • Bueno, ¿como estas?
  • Bien, contento, me lo repararon y todo está de nuevo en su justo momento.
  • ¿Vendrás este sábado a comer con nosotros?
  • No, lo haré el domingo, he tenido que ajustar mi horario, un compromiso ¿sabes?
  • No me digas que has encontrado a otra mujer.
  • No mamá, no digas esas cosas. Solo que debo hablar con alguien de vez en cuando y ajustar mi horario como te he dicho.
  • Como quieras, entonces, te esperamos el domingo.
  • Si, a la misma hora. Incluso estaré más tiempo con vosotros.
  • Me alegro Enrique.

El resto del día comenzó a ajustarse a la nueva programación establecida. Así transcurrieron los primeros quince días. Una mañana, como tantas otras, Enrique se fijó que las ojeras bajo sus ojos, habían desaparecido, y las arrugas de la comisura de los labios también, como las de los parpados, y aun mas, las entradas de sus sienes parecían estar de nuevo cubiertas de cabello. No le hizo caso, simplemente lo achacó a la satisfacción de tener de nuevo su reloj, y funcionando.

Poco tiempo después, notó que la flaccidez de sus brazos comenzaba a desaparecer y acumulaba mas fuerza y vigor en ellos, era como si estuviera viviendo una nueva juventud. Así se lo hicieron ver los compañeros de la oficina donde trabajaba. Su piel cada vez estaba mas tersa. Sus padres también lo advirtieron los domingos que ahora, cada mes, iba a comer con ellos y se mantenía ciento veinticinco minutos sin escapar de allí.

  • Hijo, te veo cada día mas joven ¿Qué haces?
  • Sigo una teoría.
  • ¿Podemos saber cual?
  • Control, control de tiempo. Saber que tienes que hacer en todo momento. Dormir las horas exactas cada día. Levantarse, desayunar, trabajar y en fin, todo, pero medido. Apenas me queda un minuto sin estar ocupado.
  • Eso es estupendo, también a mi me vendría bien algo así.
  • No mamá, tu estás bien, y siempre tan guapa.
  • Gracias hijo.

Las compañeras de trabajo comenzaron a fijarse en el cambio tan sustancial de Enrique, hubo alguna que se le insinuó sabiendo su situación de divorciado y solitario. La respuesta de Enrique fue la de siempre.

  • Mi tiempo está completamente ocupado. Tú también me gustas, pero por favor, no te molestes, cambiaré mi estructura de tiempo y solo entonces podré incluirte para vernos y salir juntos.
  • ¿Y cuando será eso?
  • Estoy en ello, no creo que tarde más de dos días.
  • ¿Tienes una estructura montada? no sabia que el tiempo pudieras dominarlo.
  • Mas o menos, solo que todo debe estar medido, y aquello que no está previsto, suele salir mal.

Enrique lo consiguió y tres días después salía del trabajo junto a su nueva Sofía, llamada Almudena. Durante días, semanas y casi meses, fueron pareja, hasta que ella le pidió dejarlo.

  • ¿Que te ocurre?
  • Disculpa Enrique, pero eres un hombre muy activo, actúas como un joven de veinticinco años, y la verdad, yo no estoy para ir a bailar todos los días tres horas, tomar mas de una copa y trasnochar hasta las dos de la madrugada cada día. Me canso.
  • Pero Almudena, somos jóvenes, aun podemos divertirnos.
  • Enrique yo tengo cuarenta y dos años.
  • Y yo cuarenta.
  • Pues la verdad, no los aparentas.
  • Como quieras, tendré que estructurar de nuevo mí tiempo.
  • ¿Qué quieres decir con eso?
  • Que abandonaré los ciclos de bailar, tomar copas y trasnochar. ¿Qué quieres hacer? Para aplicarlo.
  • No lo se Enrique, dejar algo al albur, fuera de la estructura que llevas. No se, ir un día al cine, pasear otro, visitar un museo, infinidad de cosas sin orden ni concierto.
  • ¡Ah no!, eso si que no puedo hacerlo, ni mi reloj ni yo lo soportaríamos. Todo debe estar controlado, de lo contrario falla.
  • Pues yo fallo, no cuentes conmigo para seguir con tu estructura.
  • Está bien, lo lamento. Fueron días y momentos muy bonitos.

Nadie parecía seguirle. Las visitas a casa de sus padres solo se convertían en críticas al escucharle decir el tipo de actividades que llevaba.

  • Hijo, pese a estar bajo una próspera vida llena de actividad, que incluso te hace encontrarte en una segunda juventud, tu cuerpo es el de un hombre de cuarenta años, y hay cosas que a esa edad debe ponerse cuidado, si como tu no has sido nunca un activo deportista.
  • Lo se mamá, pero me encuentro bien. Tengo fuerzas y no me canso.
  • Pero estás demasiado activo. Dijiste que te ha dejado una amiga porque no puede seguirte.
  • En efecto, tal vez debería buscar a una mujer mas joven.
  • No es eso lo que queremos decirte.
  • Entonces
  • Enrique, algo te está ocurriendo, ¿no te das cuenta?
  • Mamá, me miro cada día en el espejo, sigo siendo el mismo.
  • No hijo no, no lo eres.
  • Pero me siento bien.
  • Esa es otra cuestión. Deberías ir a un médico.
  • Está bien, iré, si insistís.
  • Gracias por hacernos caso.
  • Claro mamá.

Racionalizó de nuevo su tiempo y dejo un hueco para ser atendido por una clínica, donde le hicieron todo tipo de pruebas analíticas y fisiológicas. Con los resultados acudió a casa de sus padres. El estaba contento, muy satisfecho. Las analíticas decían que su cuerpo estaba perfectamente y no padecía patología alguna que pudiera perjudicarle, al contrario, resultaba ciertamente un hombre fuerte y joven.

Sus padres quedaron conformes, en apariencia, al leer sobre todo el comentario final. Los resultados me atrevo a definirlos como análisis aplicados sobre un hombre con las características de un cuerpo con veinte años de vida, no con un cuerpo de cuarenta. Es indudable que su cuerpo sufre toda una suerte de coincidencias positivas. Nada más que comentar. Proseguía la firma de doctor.

  • Ves hijo, eso es precisamente lo que queríamos decirte, aparentas tener veinte años, no los que realmente tienes, cuarenta, cercano a los cuarenta y uno
  • Lo siento, no hago nada en especial. Solo sigo las pautas marcadas por mi reloj. Mido mi tiempo, guardo mis horas de descanso, me alimento bien, hago ejercicio y el resto ya lo sabéis.
  • Pues seguimos preocupados.

Estaba cansado de tantos reproches a su actividad. En la oficina ocurría un tanto de lo mismo. Su trabajo era mínimo, para lo que deseaba hacer. Se acercó un día al despacho del director general y le pidió una mayor actividad.

  • Pero querido Enrique, trabaja más que nadie, lleva más expedientes que cualquiera, ¿y aun me pide mas trabajo?
  • Si, si señor, necesito actividad.
  • Bien, le asignaré la responsabilidad de inspección de nuestras obras en el área de la provincia de Madrid.
  • Se lo agradezco.
  • Veo que ha cambiado de coche.
  • Si señor, he comprado un deportivo mas acorde con mi actividad.
  • Me alegro. ¿Tiene pareja de nuevo?
  • Bueno en eso estoy.

Había conseguido entablar una relación con una joven de diecinueve años, que estaba en la Universidad. Cada tarde después de trabajar la recogía al pie de la Facultad, y comenzaba un trazado de diversión y nocturnidad. Ella al cabo de tres meses no tuvo mas remedio que pedir a Enrique suspender durante un tiempo sus salidas, estaba cansada y tenía mucho que estudiar. Palabras que reflejaban el incomodo momento sufrido con sus padres.

  • Está bien. No hay problema.

Dejaron la relación y dos días después algo sucedió que trastocó su vida.

Se levantó como cada mañana al oír el despertador, como siempre, se metió en la ducha los cinco minutos, se cepillo los dientes tres minutos, y al ir a peinarse, advirtió que no se reflejaba en el espejo. Se miró los brazos primero, luego las piernas y por ultimo el torso. Los pelos habían desparecido, sus brazos eran más cortos, parejos con sus piernas, y su cabeza no se reflejaba como el resto de cuerpo, por la mera razón de que su altura no le permitía llegar a la del espejo. Se acercó a la cocina y recogió un taburete, previsto para alcanzar algo en altura de los armarios. Lo puso en línea con el espejo y se subió en el. El grito que lanzó fue desgarrador.

Como pudo localizó ropa en uno de los armarios, esa que siempre se abandona con temor a tirarla, y tuvo suerte, alcanzó a ponerse un antiguo pantalón, una camisa regalo de Sofía, que hacia mas de quince años no usaba y por ultimo un jersey de ochos, blanco, que compró cuando tenia veinte años, para jugar al tenis.

No se atrevió a coger el coche, por lo que esperó pacientemente a que llegara un autobús para alcanzar la casa de sus padres. Se bajó, camino durante diez minutos y llamó al timbre desde el portal.

  • Mama, soy Enrique ¿puedes abrirme?
  • Claro, hijo. ¿Que te ocurre?, tienes una voz extraña.
  • Si, ahora te explico.
  • Te abro.

Subió hasta la cuarta planta en el ascensor y caminó hasta la puerta con el indicativo B. Su madre esperaba con la puerta abierta. No se atrevió a hablar, sin embargo ella, pese a verle, continuaba esperando.

  • Soy yo, mamá, Enrique.
  • ¿Me tomas el pelo? ¿Donde está mi hijo?
  • Soy yo, mamá, te repito que soy Enrique.
  • Pero, no entiendo.
  • Yo tampoco, pero déjame entrar en casa por favor.
  • Pasa, ¿Esa voz?
  • No lo se mamá, esta mañana al levantarme me he visto así y no me lo creía. ¿Qué me está pasando?
  • No lo se hijo, si es que eres mi hijo Enrique.
  • Quieres que te lo demuestre.
  • Seria de gran ayuda.
  • Mi fecha de nacimiento es el 13 de Octubre de 1970. El día de mi último cumpleaños, el que hacia cuarenta, no viene a comer con vosotros, se me estropeo el reloj. ¿Recuerdas?
  • Si, hijo, eres Enrique.

Su padre seguía sentado en un sillón, mirando y escuchando la conversación de su mujer e hijo. Tampoco entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Su hijo tenía el cuerpo de otro.

  • ¿Qué puedo hacer mama?
  • No lo se hijo, no se que está ocurriendo. Pero recuerda que hace poco de dijimos que parecías un joven de veinte años.
  • Si, lo sé y después de menos años, pero hoy de golpe, parece que tengo diez. No tengo ropa que ponerme, y no puedo conducir mi coche, la policía posiblemente me pararía. Mi cara no es la de mi documentación. No puedo salir de aquí. Necesito quedarme en casa. ¿Puedo?
  • Naturalmente – dijo su padre.
  • Bien, pasa a tu cuarto, aun guardamos ropa. La habitación está tal y como la dejaste cuando saliste para casarte.
  • Gracias mama. Es un alivio.
  • Ahora, descansa, y no te preocupes, posiblemente sea una mala pesadilla y mañana esté todo resuelto.

Nada se resolvió, al contrario, algo sucedía, alguien o algo controlaba el tiempo de Enrique. Al levantarse al día siguiente no pudo bajar de la cama, llamó repetidamente a su madre, quien nada mas verle llamó a su marido entre sollozos. Enrique tenía el cuerpo de un niño de dos años. Tuvo que cogerlo en sus brazos para llevarle a la cocina, y prepararle un zumo y unas galletas trituradas en un tazón de leche.

Tres días después el cuerpo de Enrique similar al de un bebe, apareció muerto en la misma cama. Sus padres no pudieron responder a las preguntas que la policía hizo al ser llamados para hacerse cargo del cadáver. Al retirarlo uno de los agentes, extrajo un reloj de esfera negra y cadena metálica que reposaba alrededor de la muñeca izquierda del bebé.

  • Tengan, no se como son capaces de dejar algo así a un niño tan pequeño.

Debido a las pruebas de ADN, los padres de Enrique fueron eliminados de la sospecha por la extraña muerte de su hijo. No quisieron explicar los detalles que conocían, y tampoco responder a las preguntas del forense, no había explicación de cómo una mujer con mas de setenta años podía haber dado a luz un bebé tardíamente, imaginaron.

Tanto ella como su marido no obtuvieron respuesta, y solo pudieron llorar la desaparición de su hijo Enrique. No avisaron ni a amigos ni familia. Solo recibieron una visita inesperada, la de su ex mujer, Sofía, quien se sorprendió por la noticia.

  • ¿Donde está enterrado?
  • Lo llevamos al pueblo de su padre, en Ciudad Real.
  • Puedo ir a ver su tumba.
  • Gracias por tu visita Sofía.

Una semana después recibieron otra. Alguien llamó por el telefonillo desde el portal.

  • Son ustedes la familia Martos
  • Si señor, con quien hablo.
  • Soy el relojero que reparó el reloj a su hijo. He ido a su domicilio, pero me han dicho que ya no vive allí, alguien me dio esta dirección.
  • ¿Qué desea?
  • Hablar con el, si es posible. ¿Está en casa?
  • No, no señor. Falleció hace más de quince días.
  • Lo siento.
  • Podemos saber que quería decirle.
  • No se si debo.
  • Ande, por favor, cualquier cosa que nos hable de nuestro hijo, tal vez nos ayude. Haga el favor de subir.
  • De acuerdo, subiré.

Entró en la vivienda y se situó junto a un sofá, que le invitaron a ocupar. La madre comenzó a preparar café y el padre se sentó frente al relojero.

  • Podemos esperar a que mi esposa acabe con el café.
  • ¿Cómo conoció a Enrique?
  • Me llevo un reloj a arreglar.
  • ¿Este? – dijo mostrándole uno con la esfera negra y la cadena metálica.
  • Ese, al menos se parece mucho.
  • Se lo regalamos cuando hizo la primera comunión, en 1977.
  • Lo se, me lo comentó entonces.

La madre apareció con una bandeja y tres juegos de café. Sirvió las tres tazas y se sentó al lado de su marido.

  • Decía el señor, que se lo llevó a reparar.
  • Si, lo sabemos, precisamente se le rompió el día en que cumplió cuarenta años.
  • Debió deshacerse del reloj. De haberlo sabido entonces se lo habría recomendado.
  • ¿Que ocurre con el reloj?
  • Me extrañó, no pude saber como diablos se abastecía de energía para funcionar. Los relojes de entonces o se les daba cuerda girando la corona central, o tenían un dispositivo de balanceo que al mover la muñeca o el brazo, incidían sobre la maquinaria para funcionar. Pero este no, no tiene nada de eso.
  • ¿Y que tiene?
  • El diablo, tiene al diablo dentro. Disculpen mis palabras, pero no tiene explicación alguna. Solo he conseguido averiguar que existen tres relojes idénticos a este. Otros muchos son similares, pero disponen de ese balanceo que les señalé. Esos cuatro no, no tenían nada. Hablé con el fabricante, una pequeña industria en el centro de Suiza, y me contaron una historia, aunque según parece carecer de autenticidad.
  • ¿Qué?
  • Al parecer hace años el dueño quiso eliminar la relación que mantenía su hija con uno de los empleados. Era un hombre que personalmente lo controlaba absolutamente todo. Las actividades de la empresa y de todos sus trabajadores. Quería controlar absolutamente todo, hasta la vida de su hija, como hacia con la de los demás. Discutió con el supuesto novio, tras recomendarle abandonar el lugar. Llegó a ofrecerle dinero para abandonar el lugar, pero el joven se negó. Luego discutieron y sin saber como y porque, le golpeó hiriéndole de muerte. Antes de expirar, el joven dijo que se vengaría de aquello. El resto es mera especulación. Unos dicen que el espíritu vengativo fabricó cuatro relojes idénticos, uno de ellos, como cada modelo fabricado, se lo quedó el propietario, le gustó y se lo puso sobre la muñeca. Al cabo del tiempo, vieron como rejuvenecía de tal manera que llegó a retroceder hasta dos meses después de nacer, momento en que falleció. Los otros tres desparecieron, pero al parecer llevan con ellos la misma maldición. Rejuvenecen a quien controla el tiempo con demasiado rigor y no dejar al albur alguna actividad cotidiana, y al parecer llegado un momento, el tiempo de quien lo lleva comienza a retrotraerse hasta fallecer como un bebe de dos meses. ¿De que ha muerto su hijo Enrique?
  • Llevaba una temporada que parecía un joven de veinte años. Un día regresó a casa como un niño de diez, pero en el corto espacio de tiempo, se convirtió en un niño de dos años y poco después de dos meses. Fue entonces cuando falleció.
  • Lo lamento. Debería haber descubierto esto antes.
  • Quizás se habría salvado. Era muy exigente con su tiempo. Gracias por contarnos esa historia.

El relojero abandonó cabizbajo la casa. Se adelantó hasta la relojería, buscó entre los antiguos relojes y encontró uno similar al de Enrique, lo abrió, comprobó se trataba de un ejemplar sin fuente de energía, se lo puso en la muñeca y se dispuso a vivir de nuevo una vida llena de juventud, aunque fuera corta, pero no importaba, estaba próximo a cumplir los ochenta y nueve y había vivido lo suficiente.

Tres días después Sofía llamó por teléfono a la madre de Enrique.

  • ¿Puedes decirme que significa el texto puesto en la lapida de Enrique?
  • Nada especial.
  • Es extraño, habéis mandado poner: Enrique Martos Paz, 13 de Octubre 1970 – 22 de Noviembre 2011. Murió a los dos meses de edad. Descanse en paz.
  • Algún día te lo explicaré. Si quieres tener algo de Enrique, tengo su reloj, a lo mejor te gustaría tenerlo como recuerdo. Es deportivo, siempre lo llevaba puesto.
  • Tal vez me pase por tu casa. Y no, no me importaría, tener algo suyo.
  • Te esperaré, llámame antes.

 

© Anxo do Rego. Todos los derechos reservados

VENGANZA RETRASADA

VENGANZA RETRASADA

Por  ANXO DO REGO

ve-nganza-retrasada_imagen-2Madrid, un día gris a finales del mes de Septiembre.

La lluvia, menuda, cae sobre la gente que camina en dirección a sus obligaciones. La estuvo esperando durante meses, sin que apareciera, dejando que la contaminación atmosférica horadara sus vidas.

En un edificio, cuya estructura deja mucho que desear, un policía de uniforme charla con un compañero que acaba de introducirse en uno de los vehículos deteriorados por falta de reparación, o falta de medios presupuestarios para una puesta a punto o ser remozado. Se intercambian las guardias, el que está fuera dice que necesita la tarde-noche para llevar a su mujer a celebrar su aniversario de boda. El segundo asiente con la cabeza y comenta: de acuerdo, no habrá problema, considérate libre para mañana. Escucha un, gracias Jaime. Mientras un hombre con la mirada fija en el suelo y empapado por la lluvia, se acerca hacia ambos policías. No espera a que acaben de hablar, les espeta.

—Ayer maté a una mujer. Vengo a entregarme —dice sin fuerza. Sus palabras salen de sus labios como si de una oración se tratara.

—Adolfo, acompaña a este señor, yo debo patrullar unas horas. Que le tomen declaración.

—Claro —responde con desgana el otro policía.

En silencio el agente de la ley y el hombre desconocido suben los dos peldaños hasta la puerta de entrada a la comisaria; solo dos meses más y tendremos unas instalaciones decentes —repite la frase en su mente a modo de oración y deseo.

—Pase un momento a esta sala, avisaré a uno de los inspectores para que le tome declaración. Espere aquí, solo será un par de minutos—señala casi imperativamente.

—No tengo prisa.

Dos minutos después el inspector Javier Sancho y el agente Adolfo Gil, abren la puerta. El hombre permanece sentado, en silencio.

—Te dejo, debo hacer un par de cosas.

—Claro, yo me ocupo—añade al compañero mientras mira de reojo al hombre dirigiéndole unas palabras—Dígame que le ocurre, después veremos qué podemos hacer.

—¿No le ha dicho nada su compañero?

—No. No señor.

—He matado a una mujer. Ayer, la maté ayer. Vengo a entregarme.

—Vamos a ver ¿Como que ha matado a una mujer?

—En efecto, la he matado. Necesitaba hacerlo. Tras muchos años por fin ayer lo hice.

—Espere, espere un momento. Esto no es así de sencillo. Necesitaremos comprobar ciertos extremos, ver el cadáver, que alguien la reconozca. En fin comprobar los hechos, y después que el Juez determine las actuaciones debidas.

—Hagan lo que tengan que hacer.

—Un segundo, debo hablar con mi superior. No se marche.

El inspector abandona la sala, pide a un agente vigilar que no salga el hombre que permanece en el interior y avanza con decisión hasta el despacho del comisario. Le cuenta en pocas palabras lo que ha escuchado. Recibe la autorización para hacerse con la investigación del presunto crimen.

Regresa no sin antes pedir un dispositivo para grabar imagen y sonido de la declaración. Entra, espera a que dispongan el equipo.

—Necesito que me diga su nombre y apellidos. También advertirle que vamos a grabar su declaración, si nos da autorización para hacerlo.

—Desde luego agente.

—Inspector, inspector Sancho.

—Disculpe.

—Bien comenzaremos a grabar. Diga primero su nombre, apellidos, domicilio y exprese con claridad que autoriza grabemos su declaración.

—Bien inspector. Me llamo Pablo Domínguez Iznalloz, vivo en la Avenida Donostiarra, num.25 – cuarto derecha. Tengo sesenta y ocho años. Estoy soltero, no tengo hijos y quedan autorizados a grabar cuanto diga y declare.

—Gracias Sr. Domínguez, ahora voy a leerle sus derechos e invitarle, si lo desea a que en su declaración esté presente un abogado, en caso de que no pueda pagárselo le proporcionaremos uno de oficio.

—No es necesario, no necesito abogado y me declaro culpable del homicidio de Pilar Garcia Ventura.

—Está bien, como prefiera y desee. Ahora por favor cuénteme desde el principio. Espere, antes dígame donde se encuentra el cadáver de Pilar Garcia. Enviaré a unos agentes a comprobarlo.

—En mi domicilio, la dirección que acabo de decirle.

—Ahora cuénteme que sucedió.

—¿Desde el principio?

—Creo que será lo mejor.

—Hace bastantes años, yo diría que muchos, en la empresa donde trabajaba me destinaron a las oficinas de una sucursal situada en A Coruña. Por aquel entonces Pilar y yo teníamos una relación sentimental, éramos novios, nos queríamos y deseábamos formar una familia, en una palabra casarnos. La mañana en que salía con el coche en dirección a Galicia, desayunamos juntos. Ella me pidió tener cuidado en el viaje, y yo prometí llamarla en cuanto llegara, lo haría desde el hotel donde me hospedaría hasta que localizara un piso en la ciudad. Éramos jóvenes. Ambos habíamos conocido a otras personas. Ella era muy guapa sabe, lista, mas lista que el hambre, pero sobre todo inteligente, muy inteligente. Eso llamaba la atención de muchos, de su jefe, quien constantemente andaba tirándole los tejos, como suele decirse. En una ocasión no tuve más remedio que entrar a las oficinas, pues desde la calle, donde esperaba a que acabara con su jornada de trabajo en la agencia de viajes donde trabajaba, vi claramente como su jefe le mostraba algo que ella rechazaba y negaba pese a la insistencia del viejo verde. Aquello que me ocurrió no eran celos, solo traté de ayudar a mi novia. El jefe se molestó, ella también. Tuvimos posteriormente una discusión de tono elevado. ¿Sabe? la estaba mostrando un anillo para acariciar los labios vaginales. Cuando lo supe me sentí aun peor. Pero bueno, eso pasó. Volveré al día en que salía de viaje. Toda una odisea. A la salida de Madrid paré para repostar gasolina. Dejé la llave de contacto puesta junto a la de la puerta. Después de llenar el depósito intenté entrar para continuar el viaje, pero la puerta estaba cerrada y las llaves en el interior. Tras mucho forcejeo logré romper una ventanilla trasera y abrir para seguir el viaje. Horas después hacia entrada en la ciudad que me cobijaría algunos años. Me instalé en un hotel, cercano a la plaza de Lugo. Llamé a Pilar por teléfono, como había quedado que haría y alguien de su familia me respondió que no había llegado todavía. Eran, si no recuerdo mal, las diez de la noche. Bajé a tomar un bocado y al cabo de un rato volví a la habitación del hotel. Cada media hora comencé a llamar recibiendo la misma respuesta, la última ocasión con una petición: quien quiera que sea haga el favor de llamar mañana y deje de molestar, es muy tarde. Creo que en efecto eran las dos de la madrugada.

Creo que me fume una cajetilla de tabaco completa. No puede dormir. Tras una semana de silencio absoluto, no coincidían mis llamadas con su estancia en casa, logré comunicar con ella.

— ¿Que te pasó? —pregunté.

Nada, no me ocurrió nada.

¿No puedes decírmelo, tan grave es?

No, no lo es, pero si te lo dijera te haría daño.

— Lo prefiero, deja que yo calibre si me daña o no.

Está bien. El día en que saliste, me llamó Esteban, un amigo de la comuna, vino a Madrid a por mí. Rememoramos viejos tiempos y nos acostamos en su hotel.

¿Eso es todo?

—Te parece poco.

—Desde luego que no. Yo diría que tu actitud y comportamiento refleja que no me quieres, que me has mentido y has sido cruel aprovechando el difícil momento que atravieso por mi decisión de aceptar la propuesta de trabajo en una ciudad alejada de ti, de mi familia y amistades.

Lo siento. De verdad que lo siento Pablo.

—No te creo Pilar. Discúlpame, debo acabar esta conversación. Quizás deberíamos hablar personalmente mirándonos a los ojos, así calibraría debidamente tu mentira y mezquindad.

Viajaré A Coruña, y te lo explicaré.

—No hay nada más que explicar.

Colgué el teléfono y no quise volver a llamarla, ni saber nada de ella. Tres meses más tarde apareció por las oficinas donde trabajaba. Traía una maleta y al parecer muchas ganas de hablar. Se hospedó en mi casa, por suerte disponía de un dormitorio más. Los diálogos que iniciaba durante el almuerzo y la cena, tenían la misma constante, resucitar aquella aciaga noche, que yo pasé en vela, fumando y preocupado por su falta de respeto hacia nuestra relación, mientras disfrutaba con la presencia y cuerpo de su amigo. Rechacé uno a uno sus argumentos. El daño producido fue enorme, y volverlo a vivir solo incrementaba un único deseo, que oculté decir.

Un día antes de abandonar la ciudad y regresar a Madrid, a media noche se introdujo en mi cama. Aplicó un recurso, para mi inaceptable, por el precedente. En contadas ocasiones había permitido durmiéramos juntos, y ahora, se prestaba a ese juego a titulo compensatorio. Estaba molesto, enfadado y no acepté sus explicaciones ni su ofrecimiento sexual. El resultado fue que ella salió de mi cama, de mi casa, de la ciudad y de mi vida. Como lo hizo cada vez que intenté en el pasado que conviviéramos juntos. En una ocasión, en un apartamento que alquilé en Madrid para vivir, vino a cenar una noche y supuestamente a dormir juntos. El sopor de los escarceos amorosos favoreció que ambos nos durmiéramos. De repente a media noche, sobre las cuatro de la mañana, algo extraño hizo que me despertara. Allí estaba ella, en cuclillas, vestida, mirándome fijamente. Al verla pregunte que hacía, su respuesta: tengo que irme, no puedo quedarme a desayunar contigo. Se fue.

—Veamos Sr. Domínguez, esto que me cuenta no está bien, pero según deduzco ocurrió hace muchos años, y creo que no ha expuesto el motivo o razón para matar a Pilar.

—¿Usted cree? Han sido años recibiendo un repertorio de humillaciones, aunque soy un hombre a quien no le cuesta perdonar.

—Pues según veo, no la perdonó.

—Si lo hice, años más tarde. Retomamos la relación. Sin preguntas, solo vivencias, nuevas vivencias que al menos me permitieran abandonar aquellos nefastos recuerdos y el daño que me produjeron. Sin embargo algo subyacía en su interior. Una especie de demonio que se complacía haciéndome sufrir. Y una tras otra fui asistiendo, como un masoquista esquizofrénico, a cada una de las humillaciones frente a sus amistades, que actuaban y hablaban idiomas incomprensibles para mí.

—Pues lo siento Sr. Domínguez, pero no acierto a comprenderle.

—No conseguía apartarme de ella definitivamente, se mantuvo, aunque esporádicamente, unida a mí, azuzando en cada ocasión mi dolor uniéndolo a su desprecio. No me permitía abandonarla, tampoco intentar otra relación menos angustiada, tal vez cercana a la felicidad. Pero no, no fue así.

Suena el teléfono.

—Me disculpa Sr. Domínguez, debo atender la llamada. ¡Si, al habla el inspector Sancho!

—Inspector estamos en el domicilio que nos indicó el sospechoso.

—¿Y?

—Aquí no hay cadáver alguno.

—¿Está seguro?

—Completamente inspector.

—Bien. Descríbame sucintamente cuanto ve, teniendo en cuenta que no estoy solo.

—Entiendo.

—Un salón cuyas cuatro paredes están recubiertas de estanterías repletas de libros. En un rincón hay una mesa con un ordenador y diversos papeles encima. Algunas fotos, dos cajas con libros y una copa de cristal con lápices y bolígrafos. Dos dormitorios ambos con camas de matrimonio. Los armarios solo muestras ropas y zapatos de hombre así como diversos artículos masculinos. Nada hace sospechar viva allí una mujer. Igual ocurre con el baño y la cocina, sin muestra alguna de fémina alguna.

—Entonces me confirma que no existe …..

—En efecto inspector, no hay cadáver alguno.

—Gracias. Tomen fotos y regresen a comisaria.

—Lo haremos enseguida.

—Disculpe Sr. Domínguez, debía atender a mis compañeros.

—Lo entiendo perfectamente.

—Prosiga, por favor.

—Le decía que no conseguí romper la relación y…

—Sr. Domínguez necesito que se acerque temporalmente al momento en que según dijo, mató a Pilar. ¿Cómo lo hizo?

—Positivista. Rechaza lo suplementario y encauza sus preguntas al hecho concreto.

—Así es. Por favor.

—Decidí matarla después de que sistemáticamente se negara a abandonar nuestra relación. Esa especie de amor platónico, que ella dibujaba cada día, impidiéndome alcanzar algo de felicidad, el éxito personal, el reconocimiento de los demás. La invité a salir del bucle originario y la hice venir a mi casa. Preparé un almuerzo delicioso, regado con unos vinos de calidad y un postre apetitoso. Hablamos y al acabar, la propuse retozar durante unos minutos, para luego tomar una café y una copa, sentados en el amplio y cómodo sofá. Aceptó. En su taza de café puse el preparado que le produciría problemas respiratorios y palpitaciones. Y así fue, al cabo de unos minutos, sus pulmones comenzaron a bloquearse. Abría la boca buscando con ansia el oxígeno que le faltaba. Creo que comenzó a sospechar y se abalanzó sobre mí, apenas podía articular palabra, solo pude escuchar ¿Por qué?¿Por qué después de tanto tiempo que he sido tu …? Tomó con fuerza la botella de brandy por el cuello y se atrevió a lanzar un golpe sobre mi cabeza. Lo esquivé. Corrí hasta el rincón donde tengo el ordenador y en copa donde aguardaba un antiguo abrecartas, lo agarré con fuerza y me dirigí hacia ella. Hasta entonces apenas había dado dos pasos. Izó sobre su cabeza la botella de nuevo y en ese preciso instante la clavé el abrecartas en el pecho. La blusa comenzó a cubrirse de rojo, se tambaleo durante unos segundos y calló cuan larga sobre la alfombra, no sin antes golpearse con la mesa donde reposaban las tazas de café y copas con el brandy. Acababa de matar a Pilar, mi musa. Sabe inspector soy escritor y llevaba más de dos años sin que sus soplos activaran mi creatividad. Lo necesitaba. Soy culpable de matar, soy escritor de novela negra.

FIN

© Anxo do Rego. Noviembre 2016.

 

UNA CITA SORPRENDENTE

Cita sorprendenteRasgo el sobre y saco una carta mecanografiada. La leo lentamente. Sonrío y la dejo sobre la mesa.

Desayuno. Limpio unos zapatos negros y voy en busca del único traje que tengo, uno negro. Abro el cajón de la mesilla, tomo el arma con mi mano derecha, la observo y palpo para después ponerla en el bolsillo izquierdo de la chaqueta, junto a la carta.

La cita es a las doce en punto. Me acerco hasta un mostrador en la planta sexta.

—¿El director? Tengo cita con él, he recibido una carta, véala —digo mostrándola.

—Pase, es aquella puerta —me indica.

Detrás de una mesa veo a un hombre orondo. Sin saludar le pregunto.

—¿Firmó usted esta carta?

—Supongo que como todas ­—me responde con displicencia.

Saco la pistola, le apunto y señalo imperativamente.

—¡Vaya hasta la ventana y ábrala!

Se levanta y camina asustado.

—Ahora súbase al poyato y láncese a la calle ¿o prefiere recibir un disparo?

—¿Por qué? —pregunta balbuceando.

—Mi mujer murió hace dos años, ya no nos hace falta la ayuda monetaria ni la cita para el especialista solicitadas hace tres  ahora autorizadas.

El hombre orondo se lanza al vacío. Veo su cuerpo estrellado en la acera. Ahora saltaré yo, ya nada me importa.

¿Un cuento ?

 

¿Un cuento?

Miró al frente, no encontró a nadie. Tampoco cuando lo hizo a ambos lados. Tuvo suerte, tampoco había gente que pudiera reconocerle. Por último giró y escudriñó su espalda. Definitivamente se encontraba solo, y si como escuchó cuando era niño, dios está en todas partes, tal vez estuviera allí o muy cerca. Tan cerca, que quizás podría escuchar sus palabras.

Hasta ese momento no sintió necesidad de acudir a él, posiblemente porque también escuchó de niño y más adelante de joven, frases como Cuanto mal se hace en la tierra, se paga en la tierra, no esperes al llamado juicio final. Sin embargo acudía a él, como recurso final. Él precisamente que no creía en los enquistados y retrógrados apaños religiosos y fundamentalismos cristianos.

Su gnosticismo nació poco después de cumplir los catorce años, y desde entonces, dada la educación recibida, nunca trató de hacer mal a nadie, ayudó a cuantos pudo. Nunca se apoyó en cabeza alguna para escalar a un puesto por encima del que ocupaba. Creyó en las leyes, aunque no fueran las mejores. En sus gobernantes y políticos, pese a lo mucho que debía criticarles y exigirles. En su familia, amigos, compañeros, vecinos, y conciudadanos.

Ahora aquellos tiempos de bonanza y superación se habían tornado en pura desesperación. Dejó de creer en las leyes cuando comprobó se aprobaban a gusto de los gobernantes de turno, sin reflexionar profundamente sobre la necesidad o no de abolir las existentes, modificar partes esenciales, o incluir medidas que coartaban el fin propuesto en su génesis. También dejó de creer en los políticos apoltronados en el poder. Fundamentalmente por proponer acciones imposibles. Pintar de mentiras sus palabras y realizar actos que tan solo favorecen a una minoría de ciudadanos, los intereses que representan, olvidando a la gran mayoría, tantas veces silenciada.

Hoy, carece de familia, se ha disuelto. Las circunstancias no son las mismas y ha prevalecido el instinto de supervivencia frente a la de unión, y consecuentemente la fuerza. Los amigos le han dado la espalda, tal vez ellos también vivan momentos difíciles y prefieran evitar verle o escucharle, antes que negarle una petición de ayuda que tal vez no puedan darle.

Y si los eslabones principales de su vida, la familia y los amigos, estaban rotos ¿dónde debía acudir en petición de ayuda? Si las leyes ya no le respaldaban, los políticos seguían mintiendo sin rubor alguno, no pertenecía a rebaño religioso alguno, y su agnosticismo no se lo permitía ¿que debía hacer? ¿Dejar de creer en el hombre como ser? Eso hacía tiempo que lo había hecho.

Ahora como último recurso estaba sentado en aquel banco lustroso, envuelto de un denso olor a cera quemada. Al levantar la cabeza vio dentro de un lujoso marco barroco, la representación de una alegoría sobre la caridad cristiana. Si se atrevió a entrar fue como consecuencia de ser el único edificio en toda la calle que permanecía abierto, en pie y limpio donde poder resguardarse de la lluvia. Los otros dos cercanos estaban cerrados. Una sucursal bancaria y las oficinas centrales de una gran empresa.

El resto de viviendas y locales comerciales, se dejaban mecer por la desidia y desesperación de sus posibles ocupantes. Imperaba el mal olor. Un pestilente hedor a miseria, desolación y muerte. Los pocos ciudadanos que caminaban, lo hacían en silencio, cabizbajos, tristes y solitarios. Las farolas que antes dieran luz, hoy, o estaban rotas o carentes de bombillas en perfecto estado de uso. El asfalto levantado con socavones que se dejaban ver como un gigantesco tablero de ajedrez. Apenas había coches circulando y los que aparecían, lo hacían con suma lentitud sorteando baches, hendiduras y montículos envidiosos de las barricadas de otros barrios.

No se cruzó con persona alguna a quien pudiera solicitar ayuda, física o mental. El desprecio y egoísmo patrocinaban aquella miserable vida. Y en ese momento él estaba allí, sentado y pensativo, pero sobre todo dubitativo. Las preguntas surgieron como un manantial ¿Me atreveré a pedir ayuda a Dios? ¿Si existe, como es capaz de permitir tanta miseria pobreza y desolación? ¿Por qué va a ayudarme, si hay niños, mujeres y hombres más necesitados que yo? ¿Es él mi único recurso o es que me estoy muriendo y quizás me atrevo por esa razón?

Fue incapaz de seguir allí, se sintió mal, como traidor a su propio ser, no se atrevió a  pedir nada. Salió de aquel recinto enorme, lujoso, silencioso, cálido y presuntamente protector. De una puerta salió un cura orondo y comenzó a caminar hacia él. No le concedió opción alguna, no iba a permitir que alguien volviera a llamarle hijo con tono hipócrita desposeído de realidad y verdad. Decidió salir de nuevo y dejarse empapar, aun mas, por la copiosa lluvia que caía sobre la ciudad. Tal y como entró salió. Sin respuestas, tal vez porque no las había o quizás porque no necesitaba a alguien que las interpretara arbitrariamente.

Como tantos días sentía el estómago vacío. Con éste eran cuatro sin comer algo sólido y limpio que no fueran sobras o restos de papeleras o depósitos. Ya no era él, ya no era el responsable del área comercial de una importante firma. Desde catorce meses atrás dejó de ser padre, esposo, amigo o simple ciudadano. Sin hogar ni casa donde vivir, lo hacía en locales cerrados, llenos de ratas y miseria. El aportaba la suya. Pero seguía viviendo y eso ¿era importante? Tal vez no, aquello no era vivir, era un pulular constante, sin ilusión, ni horizontes. Era supervivencia, pero ¿hasta cuándo?

De repente sus ojos se fijaron en un cartel, algo raído y descolorido, sujeto a una pared. Se acercó para interpretarlo. Sobre él algunas pegatinas de un conocido grupo político de la ultraderecha, trataba de anular el mensaje publicitario que pugnaba por ser leído. Decía: Clínica Nuevo Futuro. Le ayudamos gratuitamente a abortar si es mujer, a estudiar si tiene deseos, a comer si el banco de alimentos nos cede alguno o quedan después de entregar la mayoría a centros religiosos. También a morir sin dolor, si su desesperación está en el límite supremo. Podemos ayudarle a …Aquí acababan los eslóganes. Las pegatinas lo cubrían sin delicadeza ni respeto alguno. Imaginó que podría poner si las frases aludiendo a aborto y suicidio asistido, las hubieran dejado al descubierto.

Leyó la dirección, no estaba muy lejos. Tenía tiempo, decidió acudir. Llamó golpeando la puerta. Alguien abrió y sin separarse de una amplia sonrisa dijo: Pase, pase, podemos ayudarle, ¿Que necesita?

Por fin ese día alguien le ayudaría sin hacer preguntas tales como ¿Que religión profesa? ¿Es usted del partido político del gobierno? Y otras similares. Sin esperar respondió, ¡deseo morir, no tengo familia, ni amigos, dinero o casa. Tengo hambre para regalar, mi sombra es la miseria, me ilumino con desgracias, mi comida es la  desesperanza, bebo tristeza y vivo con dolor!

Se fijó en el taco del calendario sujeto en la pared. Resaltaba la fecha 27 de Enero. El santo del día, San Mariano.

© Anxo do Rego

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