UNA TARDE DE SABADO

El 23 de Noviembre hará 19 años que falleció mi Madre. Como a todo ser humano que se precie, los sentimientos de tristeza, soledad y sobre todo orfandad, entre otros, surgen de manera espontánea y es en ese momento cuando una extraña nube invade mi espíritu de manera incontrolable.

Los buenos recuerdos, como si se tratara de una lucha final, intentan adueñarse de la mayoría de mis pensamientos. Tal vez sea una tentativa de ganar la partida a la añoranza y afincarme en lo verdaderamente importante, la relación materno filial.

Si durante la vida al lado de mi Madre se produjeron hechos, unos mas alegres que otros, los tristes desaparecen como por acto de magia quedando únicamente los buenos recuerdos que me hacen sonreir y volver a disfrutar rememorando la alegría de entonces. Sin embargo en ocasiones esos recuerdos se convierten en minúsculas gotas, amargas e incontrolables que resbalan de mis ojos.

Cada año cuando llega ese nefasto 23 de Noviembre, donde me encuentre la ofrendo un ramo de sus flores predilectas, en ese caso claveles, además de guardar unos minutos de recogimiento en su memoria mientras surge un maravillo recuerdo de mi infancia.

Vivíamos en un barrio obrero a las afueras de Madrid. Los formaban edificios de tres alturas, sin agua caliente ni otras delicadezas parecidas. En la cocina solo se utilizaba carbón y el baño se nos antojaba como un lujo solo alcanzable en las películas norteamericanas que veíamos. La Coma se llama el barrio, muy cerca de otro de chalets construido por presos políticos de la dictadura franquista, puestos a disposición de la gran constructora, que evitaré mencionar para eludir otro tipo de disquisiciones y tal vez conflictos aún hoy latentes. Ambos barrios situados al norte de Madrid, entre el que fuera pueblo de Fuencarral y las que denominábamos “tapias del Pardo”. Mirasierra, que así se llama todavía dicho barrio se distinguía de La Coma, porque aquellos eran solo de una altura y rodeados de amplios jardines.

Muchas tardes al salir del colegio y antes de ir a nuestras respectivas casas a merendar un trozo de pan con chocolate sin leche, o un pedazo de queso amarillo; del que graciosamente regalaron los norteamericanos en aplicación de ese estupendo Plan Marshall, que España alcanzó de puro rebote; junto a mis amigos y compañeros de juegos, caminábamos por una carretera denominada ‘de la Playa”, absurdo e inútil nombre; en direccion al pueblo de Fuencarral con el deseo de ver a los “trabajadores voluntarios” subir a los camiones, tras acabar sus inacabables jornadas laborables y regresar donde quisieran llevarlos. Nunca lo supe, aunque lo imaginé, pero a sus hogares con sus familias, lo dudo.

A veces con mis amigos Piqui, Tiani y Sangil, nos ocultábamos en una de las trincheras construidas durante la guerra civil, aun estables, para observar como al caer el sol, la explanada donde se encontraba situado el cartel anunciador de la construcción los chalets de Mirasierra, se llenaba de ampulosos “aigas” norteamericanos, bien de la base de ocupación, bien del hospital reservados para ellos. Tras aparcar y poco después, veíamos como se empañaban los cristales y comenzaba cierto movimiento acompasado. En una ocasión evitamos consumaran su relación, arrojando al coche cascotes de tierra desde la trinchera. Al día siguiente con la luz del día comprobábamos como en el suelo, algo que en entonces desconocíamos dada nuestra edad, hoy habríamos dicho que eran condones.

Mi educación, ademas de ser dirigida por mis padres, lo hacía espantosamente Don Pifo (Rafael), un cura ayudante del que fuera párroco y sacerdote del equipo Atlético de Madrid, que trataba de enseñarnos religión y latín, si bien se incrustaría como una espina una de las materias que peor llevé, “formación del espíritu nacional”, ensalzadora de las virtudes de los ganadores de la fratricida guerra. Nunca superé el aprobado raspado.

Tanto la vista de los obreros, los coches norteamericanos, como el resto de vivencias, se diluían al llegar el fin de semana. Cada sábado la familia al pleno, viajábamos en una “camioneta” que no autobús, al barrio de Cuatro Caminos. Nos llevaban a una sesión doble de cine a cualquiera de los existentes en la zona, Montija (el palacio de las pipas) Europa, Ástur, Cristal o Lido.

Era una sensación tan maravillosa acudir con mi familia al cine, que solo con cerrar los ojos me veo de la mano de mi madre, sonriente y hablador, comentandola escenas de una de las películas que acabábamos de ver, como si ella no la hubiera visto. Después caminábamos hasta uno de los muchos bares del barrio para tomar un bocadillo de calamares y un refresco de “trinaranjus”Al acabar y eliminar las migas de las bufandas; siempre recuerdo esos momentos en invierno; íbamos de nuevo camino de la “camioneta” para regresar a La Coma pasando por el barrio de Peñagrande. En ese trayecto corto nos parábamos en un kiosco de prensa para que nos compraran sendos tebeos; entonces no se llamaban cómics; mi hermano recibía “El Jabato” y yo “Diego Valor”, héroe que luchaba contra el Mekong de los viganes habitantes del lejano Venus. Al llegar a casa nos metiamos en la cama, por aquello del frio y falta de calefacción y esperar que llegara el domingo. Era otra fiesta, mi Padre se levantaba el primero, hacía unos picatostes o compraba churros y porras y desayunabamos. El resto del domingo lo ocupábamos en jugar en la explanada al balón y antes de las dos de la tarde regresar a casa para el momento de la comida, arroz con pollo que mi Madre que mi madre preparaba como cada domingo.

Aun hoy mantengo con cariño cada ejemplar coleccionado de Diego Valor,y mis recuerdos de aquellas tardes de sábado perduran, los vuelvo a revivir. Veo la sonrisa de satisfacción de mi Madre al ver a sus dos hijos deseosos de llegar a casa para leer los tebeos.

He tenido mucha suerte, una estupenda familia y una Madre maravillosa.

©  Anxo do Rego.
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